Ana Karenina

Anna Karenina by lakriticona

“Si el matrimonio de Ana con Karenin fracasa porque falta el amor, el desastre de su relación con Vronski se debe a que tiene el amor como único centro”

 

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Tenía muchísimas ganas de leer Ana Karenina, uno de los clásicos. Siempre, desde hace años, pensaba: “Venga, dale”. Reconozco que mis amigas Meri y Alicia tienen mucho que ver. Ellas fueron las que, hace más de diez años, me hablaron de las grandes damas de la literatura. Una es Madame Bovary. La otra, KareninaLeí a Bovary entonces, y me prendó. Cómo recuerdo aquella lectura. Cuánto me gustó. La disfruté muchísimo. Me sorprendió no encontrar entre sus páginas una literatura que sonara a vieja, a antigua, que costara, a lo Quijote. Nada que ver. Me enamoré de Bovary. Lloré con ella. Lamenté su suerte, su estúpida inocencia. Comprendí por qué era una de las grandes. Y miraba de vez en cuando a Karenina, en mi estantería también, pero había un problema: sólo tenía la mitad.

Tanto el libro de Flaubert como el de Tolstoi pertenecían a esa maravillosa colección que hace quince años vendió El Mundo (gracias, gracias, gracias) de obras clásicas. Las tengo casi todas. Y en ese casi que me falta está la segunda parte de Karenina. No podía empezar a leerla y quedarme a la mitad. Y tampoco me apetecía comprarlo teniendo la mitad ya en mi librería.

Y así pasaron quince años.

Hasta que una amiga me pasó en formato ePub a Karenina y aparté todo aquello que estaba leyendo para, al fin, conocerla, descubrirla, leerla. Y, la verdad, me ha gustado. Bastante. Aunque en la comparación, he de reconocer, que gana Bovary. Dividida en ocho partes, la novela, clásico del realismo y de la literatura universal, cuenta la caída en desgracia de una gran dama de la aristocracia rusa, Ana Karenina, una de esas mujeres que, cuando pasan, nunca terminan de pasar (parafraseando el bellísimo poema del poeta Karmelo C. Iribarren), bella, bondadosa, inteligente. 

“Cuando se quiere a otra persona, se la quiere por lo que es, no por lo que a uno le gustaría que fuera”

Ana tenía el mundo a sus pies, pero en un viaje a Moscú, se topa con un joven oficial Vronsky, del que se enamora (me fascina la escena de las escaleras, esa primera vez que se ven, que se intuyen, que se miran, que se espían, como ese momento en que se te abre el suelo bajo los pies) y comienza una relación adúltera. Al principio es él quien busca, quien ansía, quien se vuelve loco, pero de pronto hay un clic (siempre, en todas las relaciones suele haberlo, y las tornas giran; esa escena en el libro es maravillosa) y es Ana quien se desespera y él quien comienza a verla patética y empieza a alejarse (lo resume esta frase: “Vronski la mirada como se mira una flor marchita que uno mismo ha cortado, en la que apenas se reconoce la belleza que le ha impulsado a cortarla y destrozarla”; podría decirse más largo porque más claro lo dudo). 

“Hay meses enteros que no valen ni cincuenta kopeks. En cambio, a veces, una simple media hora no puede pagarse con nada”

La historia de amor entre Ana y Vronsky es la columna vertebral de la novela, pero no la única historia de amor que en sus páginas se desarrolla, si la de Ana y Vronsky analiza las relaciones desde el adulterio, la de Stiva, hermano de Ana, y Dolly, la del hastío del matrimonio (aunque aquí el infiel es él y, claro, no es lo mismo, es un hombre y no sufre el rechazo del resto de la sociedad) y la de Konstantín (Levin), amigo de Stiva, y Kitty, hermana de Dolly y primera enamorada de Vronsky, la del amor tranquilo, como cocido a fuego lento y azuzado por el rechazo (de ella, al principio). 

Son muchas las cosas que se han escrito ya sobre Ana Karenina. Muchas las películas inspiradas en la obra de Tolstoi, así que aquí sólo pretendo volcar mis sensaciones, no analizar el argumento de la novela, demasiado extenso y lleno de recovecos (si os interesa, aquí enlazo la Wikipedia) que no recuerdo: la leí hace demasiados meses (en abril). Sí me queda, en el yo que recuerda, que me gustó, aunque no me emocionó. Eso y que me leí toda la historia de amor y desamor Ana-Vronsky con interés y me aburrió soberanamente toda la parte de Lenin en el campo (uf, tortura). 

“Los únicos matrimonios felices que conozco son los de conveniencia”

Así que me voy a las sensaciones, porque hay una cosa de Tolstoi que me encanta: sus personajes están vivos, vivísimos. Los ves equivocarse, pensar, dudar, rectificar, arrepentirse. Estás en su cabeza, dentro de su alma. Y lograr eso, que personajes no reales lo parezcan tanto, es un mérito tremendo. Te identificas con Levin y ese volcán que se agita dentro de él. Tocas la tragedia y como se va encaminando hacia Ana… Y te das cuenta de cómo la desesperación, a veces, destruye las parejas. Qué momento el de su suicido. Esa persecución absurda contra sí misma… Lo lejos que está de lo que piensa de lo que pasa, que lo estropeara todo ella, ella sola… Tremendo. ¡Qué fuerza narrativa la de Tolstoi! Ella sola se tira bajo el tren pero si hubiera habido una manos que empujaran, también habrían sido las de ella.

El de Ana Karenina es uno de esos finales que se te graban. Y sólo te preguntas una cosa: ¿Por qué si Steva hace lo mismo (serle infiel a su mujer) por qué para él no hay castigo social y para Anna (o Bovary) sí? Puta sociedad ésta machista. 

        

Te gustará: Es un clásico, pero no suena a viejo. Tolstoi es capaz de meterte en la cabeza de los personajes. ¡Gracias Meri, Ali!

No te gustará: Paciencia. A veces se hace larga. Y lo del campo de Levin es para saltárselo, directamente.

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4 Comments

  1. Pingback:Ana Karenina | la Kriticona

  2. Acabo de terminar el párrafo en el Tolstoi describe el final de Ana y no puedo continuar la novela. Probaré mañana, pero me siento como Wronsky imagino se sentirá cuando conozca la noticia: ya no merece la pena continuar. Así que quería leer tu post para buscar apoyo emocional, porque estoy emocionalmente destrozada. Sentir a Ana bajo el tren, ha sido sentir a todas las mujeres bajo un tren y por tanto sentirme a mí misma bajo ese tren de hierro negro, oscuro y frío. Hace muchos años leí a Bovary, y ahora soy una persona diferente así que no puedo comparalas. Pero sin dida, Tolstoi me ha dejado huella.

    • por tu comentarios. Aunque tú ya puedes llamarte un maestro ;-) Tu blog rebosa de ejemplos reales y de primera mano a la hora de poner en práctica algunos de estos hábitos productivos. Recomiendo a todos los lectores interesados que se den una vuelta por él. Seguro aprenderán cosas inntresaetes.

  3. Pingback:Cómo se hace una chica, de Caitlin Moran | La Kriticona

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