Dioses sin hombres

Dioses sin hombres by lakriticona.com

   

“Las cosas digitales eran lo que eran, sin más. No tenían atmósfera”

   

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Dioses sin hombres, al principio, me flipó. Pensé que en este libro había encontrado la horma literaria que me arrancara el hastío de los últimos meses, que llenara de agua mi desierto literario. Al principio, leía alucinada ante su sabiduría, ante sus giros raros, ante la historia descolocada que Hari Kunzru proponía alrededor de esas tres piedras en medio del desierto de Mojave (California) apuntando al cielo como tres pináculos o, simplemente, como tres dedos. Pero cuando lo acabé, Dioses sin hombres, era solamente un libro más.

La novela fue perdiendo toda la magia según pasaron las páginas. Lo comencé pensando que leía el mejor libro de 2015. Lo terminé pensando que sí, que estaba bien, que tenía historias maravillosas, inolvidables, pero también otras muy pesadas, largas e incomprensibles. Y, aunque merece la pena leerlo, habrá quien piense que es un libro demasiado raro. Incluso, habrá quien lo deje a mitad de camino. Va de más a menos. Comienza muy arriba. Como una canción de Gun and Roses. Alucinas. Flipas. Como en un viaje de LSD. Pero el colocón no te dura demasiado. Enseguida se pasa. Y por dejar, no deja ni resaca.

“Una noche se metió en la madriguera de un conejo siguiendo una raya de cocaína y cuando por puro milagro, emergió viva, descubrió que estaba en 1986, sentada en un hotel de Miami (…) y con el recuerdo de algo sangriento y violento sobre lo que había prometido no volver a hablar nunca”

Dioses sin hombres son varias historias que, al final, de un modo u otro, terminan confluyendo de manera paralela, compartiendo dimensión aunque no plano. Esos personajes que un día ves aquí, jóvenes, con toda la vida por delante, mañana están allá, viejos, ajados, hastiados. Porque todo se cuenta desde diferentes ángulos y diversos periodos de tiempo que siempre giran en torno a esas piedras pináculo, ese desierto, y la necesidad de buscar un orden ulterior a todo lo que ocurre sobre la tierra. Es intenso y profundo, pero a veces se pierde. O, al menos, esa sensación tiene el lector. Que se pasa de intenso, vamos.

Hay una parte, la del comando obsesionado con los ovnis, que me resultó divertidísima. Lo ves. Estás allí. Bajo esas piedras pináculo. Es inteligente. Lúcido. Pero hasta la página 40 no entras. Primero lees sobre un Coyote, y no entiendes demasiado quién es, a dónde va, qué te quiere contar. Esa parte (la de los ovnis) es brutal, a lo Encuentros en la tercera fase. Hay una chica de pueblo que cae en el brillo de esa agrupación mística y que es el personaje más interesante (para mí). Y hay una estrella de rock. Y un niño autista que se pierde. Y una relación que destruye un choque de culturas. Y hay mucho misticismo. Y una lectura trepidante. Pero todo acaba en un final que no comprendes demasiado y que te deja esa sensación de libro que sí pero no.

   

Te gustará: Es inteligente, profundo, místico. La historia de la chica del pueblo que se ciega por la asociación de los ovnis es maravillosa. Sólo por su historia merece leerse la novela. Brutal.

No te gustará: Termina haciéndose pesado y farragoso. Lo del Coyote y las tribus milenarias no lo pillas. Ni el final, claro. Malo, malo.

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2 Comments

  1. Qué pena!, pese a que se va desinflando creo que esa parte que te tuvo ahí arriba va a ser suficiente motivo para no descartarlo.

    Gracias y un abrazo

  2. Pingback:Route 66, de Víctor Muntané | La Kriticona

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