El caudal de las noches vacías

El caudal de las noches vacías Mercedes Salisachs lakriticona   

“Lo que me ocurre es que cuando tú no estás, es decir, cuando no escucho tu voz, ni percibo tu halo, y Dario no habla de ti, todo se esfuma, se vacía, se vuelve insulso”

 

El caudal de las noches vacías. Lo leas por encima o lentamente, impresiona. No conocía a Mercedes Salisachs (escribí esto, terminé su libro, dos días antes de que muriera, de que nos dejara y su pérdida me provocó una pena tremenda. No toco lo que escribí entonces, cuando escribí, Mercedes aún vivía). La recomendación me llego vía Buenos Aires, de mi estimado Marino. Es una de las grandes de las letras españolas. Pero yo no la conocía. Peor. No había oído hablar de ella jamás. Ésta, El caudal de las noches vacías, es la última novela de su vida. Su punto y final. La escribió el año pasado, a los 96, justo antes de que la ELA paralizara su brazo derecho. Su cabeza está bien, es su cuerpo el que se va. Qué pena. Porque qué bien escribe Salisachs. Poesía en prosa. Es de la escuela de Juan Marsé. De esos grandes escritores exactos, lúcidos, precisos. Cada frase un pellizco, una patada, un puñetazo.

He llenado cuatro páginas de mi ebook subrayando sus sentencias sobre la vida y nuestro tránsito por ella. Esta novela está llena de verdades que sólo pueden decir aquellos que han vivido y observado mucho. Hay un momento, al principio, que dice: “La vida está hecha de momentos más o menos largos. Pero jamás dejan de ser momentos“. Subrayo. Dos líneas después escribe: “Todo en nosotros es ambiguo y cambiante. Todo va transformándose en otra cosa“. Y vuelvo a subrayar. Así ha sido esta lectura. Un constante subrayado. Y, sin embargo, El caudal de las noches vacías no me atrapó hasta la mitad.

O sea. El estilo, la fuerza narrativa de Mercedes lo hizo desde la primera línea, desde ese “Anoche volví a soñar que me suicidaba” con el que comienza. Era la historia, lo que contaba, que no conseguía meterme.

Porque El caudal de las noches vacías cuenta la historia de Guillermo, un sacerdote que se enamora de Lidia, una mujer rica de cuarenta años, divorciada y madre de un adolescente, Dario. Él, sacerdote; culto, guapo, bien parecido. Ella, banal; frívola, enigmática. Ella le contrata a él para que eduque a su hijo en los valores de la Iglesia, márgenes en los que ella jamás se ha movido, con los que nunca ha comulgado. Dos mundos antagónicos, una pasión que quema.

Gran parte de la novela son los pensamientos al aire de Guillermo. Guillermo que se turba de poco en poco. Guillermo que nota que algo le pasa pero no sabe. Sensaciones, sentimientos que tambalean su fe, su vocación, los cimientos de su vida. Al principio me costó entender que él era sacerdote, después se me hizo demasiado largo su monólogo interior, el verano del abrazo, la estancia en Roma. Entiendo que es imprescindible para que el lector pueda palpar, sentir, la encarnizada batalla de sus vísceras, esa que se debate entre lo que debe y desea, entre lo que le pide el espíritu y le demanda la piel. Lo entendía, pero me cansaba. Quería saber qué pasaba de una vez, no perderme en esa retahíla de pensamientos que llegó un momento que me sonaban repetitivos, que me desconectaban.

Quizá es que mi cabeza, que está a otras cosas, que últimamente ninguna novela me llena, que todas las historias me cansan, me hacen perder el hilo. Que cuando tengo un libro en las manos no dejo de pensar en comenzar el siguiente, a ver si ese sí, me reconcilia conmigo misma, me hace leer sin pensar que leo, sólo disfrutando de la lectura. Es algo así como cuando duermes con el siguiente chico después de que te deje aquel al que consideraste el de tu vida. Te sobra, te ahoga, te ahuyenta, te hace desear otros brazos, otra piel, te hace desear sólo una cosa: que no te toque, que se vaya, que no te deje su teléfono, que se marche sin desayunar, a poder ser, antes de que haya amanecido. Pues eso, precisamente eso, es lo que me pasa a mí últimamente con los libros.

Eso sí, cuanto la historia de El caudal de las noches vacías (qué gran título, por cierto) me atrapó, cuando la acción se precipitó, se aceleró, no pude dejar de leer hasta terminarlo. Caminaba del metro a casa, a las once de noche, y leía buscando luces de farola que alumbraran mi lectura. Esperaba el ascensor y leía. Cenaba y leía. Leía y leía, sin poder parar. Me alegré de no haber abandonado.

Leía asqueada, desconcertada, hipnotizada por esa prosa que parece poesía y que relata como a veces confundimos las obsesiones con las verdades de la vida, hipnotizada por la lucidez mordiente de esta mujer, Salisachs, que nos ha regalado un adiós literario hecho de cuchillas. La historia de este padre que te duele, que te hace partícipe de los miedos y tormentos que asolan al ser humano, las mareas de codicia y caprichos, de la nada de las relaciones cuando se esfuma el vértigo del reto, la pasión del cuerpo. Lástima que me costara tanto llegar hasta ahí, hasta ese momento en el que ya no puedes más que leer y leer, porque esta novela te puede llevar al abandono a mitad de camino y eso sería un error: su final esconde, como el mapa del tesoro, una verdadera lección de vida. 

Te gustará si: Mercedes Salisachs escribe tan bien, tan exacta, tan lúcida, que te cautivará.

No te gustará si: El tema (esa lucha interna del sacerdote) no te atrae demasiado. La acción tarda muchas páginas en acelerarse.

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