El verano sin hombres

El verano sin hombres by lakriticona  

“La lluvia descendió sobre la hierba y recordé las palabras que Abigail había bordado: Ah, recuerda que mi vida es un soplo de viento” 

  

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Escribo con la emoción que me ha dejado en los dedos este libro. Escribo antes de que se vaya, de que escriba desde el recuerdo de su lectura, que nunca será lo mismo: lo que ahora escribo me sale de la entraña, de sangre a teclado, directo. Escribo ahora, que aún escribo como si ella, Siri Hustvedt, me dictara. El verano sin hombres es un libro que entre medias me costó y al final me ha entusiasmado. Esta mañana mismo, antes de acabarlo, iba por Madrid leyéndolo por la calle. Me importaba poco el tráfico o los semáforos, apenas un reojo. Toda mi atención estaba en Siri. Bueno, Siri o Mia, su personaje. Mia y ese diario que resulta su libro, a medio camino entre la literatura y el ensayo.

Me sorprendió descubrir que Siri es la esposa de Paul Auster. Él, cuando no peca de ser demasiado Lynch, me encanta. Cómo escribe, logra colársete dentro, sobrevivir al tiempo, a otros libros. Un libro es tan fácil de olvidar como un amor de barra. Casi todos, de hecho, unos y otros, lo hacen: desaparecer de tu cabeza rápido, no dejar ni rastro. Auster no. Auster se queda (Sunset Park qué lectura, cuánta emoción me provocó). Su  mujer también. Y eso que este libro un poco me costó.

“Todos nos estamos muriendo, uno a uno. Olemos a mortalidad y no hay nada que podamos hacer excepto, quizá, romper a cantar”

Normalmente para mí leer es como respirar. Mis pulmones toman aire, mi cerebro, libros. Uno al día es habitual. Cuando tengo mucho trabajo me pueden durar una semana, como mucho, no más. El verano sin hombres casi han sido tres. ¡Tres!, como un invierno completo, un inleíble. Comencé fuerte (“buah, qué bien escribe esta mujer, por Dios”) para encallarme en el medio: dos páginas y me entraba un sueño profundo, narcótico. Lo que al principio me entusiasmaba (mujer madura engañada y abandonada por su esposo por una francesa más joven a la que llama La Pausa y que le hace perder la razón literal, un mes de manicomio, trata de curarse un verano con su madre y su grupo de amigas, Los Cisnes, todas viudas, mayores de 90, energía de veinteañeras en vasijas rotas, y dando clases de poesía, es poeta, a veinteañeras de verdad: terminará llamándolas Las Brujas).

Y yo leía y leía pero me aburría y aburría (o dormía y dormía, más exacto). Pero entonces Siri se vistió de Caitlin Moran en su Cómo ser mujer y volvió a hipnotizarme. Me impactó una cosa: en el siglo XVIII, hace nada o sea, se pensaba que, si nosotras, las mujeres, pensábamos demasiado se nos secaban los ovarios y no valíamos para aquello que sólo serviamos, perpetuar a un hombre a través de nuestro útero. Terrible. Todo aquello me metió en el libro de nuevo de golpe (y pensé en mi querida M. Eu, en cuánto le gustarían Siri y su Verano sin hombres). Ya no volvería a soltarlo. 

“-Es muy ingrata. -¿Qué, mamá? -La vejez”

Ya no volvería a soltarlo y amaría a Los Cisnes, ese grupo de mujeres tan diferente del de las chicas de 15. Mientras unas, las primeras, se admiran y apoyan, las otras se hacían un aquelarre. No volvería a soltarlo mientras me enamoraba de Abigail y sus bordados y de una peluca en la cabeza de una niña. Y de una hija con nombre de novia del Pato Lucas. De eso y de todo el universo Siri, o Universo Mia, lo mismo es: quedará para siempre en mí. Olvidarán mis dedos el tacto de sus páginas pero no mi cabeza su lectura. Eso jamás, eso imposible. 

  

Te gustará: Si eres mujer, si te gustan las cosas profundas, si te llamas M. Eu.

No te gustará: Su parte intermedia, a menos que quieras dormir claro, entonces te parecerá perfecta.

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