En el café de la juventud perdida

En el café de la juventud perdida Patrick Modiano lakriticona  

“A veces nos acordamos de algunos episodios de nuestras vidas y necesitamos pruebas para tener la completa seguridad de que no lo hemos soñado”

  

Cuando el primer jueves de octubre la academia sueca anunció que Patrick Modiano había ganado el Nobel de literatura me alegré (aunque me entristece que otro año más no se lo hayan dado a Milán Kundera). Porque es la primera vez desde Mario Vargas Llosa, creo, que conozco al escritor al que le dan el premio con más prestigio de la literatura universal. Había leído En el café de la juventud perdida hacía ocho años. No recordaba apenas nada, sólo que su lectura me dejó una honda melancolía dentro. Que me había gustado mucho. Que era una de esas novelas que te calan como lluvia fina. Muy cortita, de apenas 131 páginas, es uno de los libros de Modiano más recomendados. Y yo me sumo a eso. Si queréis saber quién ha ganado el Nobel de literatura en 2014, este es un buen comienzo.

Lo primero que a mí me llamó la atención fue su título. En el café de la juventud perdida. Desde la primera vez que lo leí en la estantería de una librería, al pasar, por casualidad, se quedó en mi cabeza. Jamás había oído hablar de Modiano. Pero ese título me abrió la puerta a su literatura. En el café de la juventud perdida. Cuánto en tan pocas palabras. Lo lees y sabes que va a gustarte. Porque ese título habla de melancolía, de esa juventud que ya no volverá, de los amores que nos quemaron, como esa leve cicatriz marrón que te recuerda a una herida que pensabas que jamás se te pasaría, de las cosas sobre las que a mí más me gusta leer.

Y este libro, en efecto, tiene mucho de eso. Personajes que caminan como entre sombras, perdidos, buscando su lugar en un mundo que se reduce a las calles de París porque, eso también, las novelas de Modiano son radiografías de esa ciudad. La tocas. La hueles. Caminas por ella. Si la conoces es un billete directo a los lugares que describe. Si no, es muy fácil que cierres los ojos y tengas la sensación de que has caminado por sus calles, que has estado en sus cafés, que has visto derramarse el otoño sobre el cementerio de Père-Lachaise mientras buscas la tumba de Jim Morrison, la de Oscar Wilde. 

“A veces se te oprime el corazón cuando piensas en las cosas que habrían podido ser y que no fueron”

En el café de la juventud perdida todo gira en torno a una mujer: Louki. Es el París de los 60. El París bohemio. El Café Condé y una mujer enigmática sobre la que imaginas más que conoces. Aunque estés dentro de su cabeza, nunca llegas a atraparla. Es como una sombra que hipnotiza. De esas personas que tienen luz y que cuando entran en un lugar apagan todo lo demás (y que, salvando las diferencias, me recuerda un poco a Lucile, la inolvidable protagonista de Nada se opone a la noche). Aquí todos los personajes buscan a Louki. Ayer y hoy, todas las historias llevan a ella. El hombre que entra en el Condé y se enamora. Aquel con el que compartió su vida y la busca. El investigador que debe buscarla y cuando la encuentra dice que no para poder seguirla sin tener que dar explicaciones… Todo envuelto en esa escritura de Modiano, que te habla del tiempo que se pierde, que se va sin remisión, del escaso poso que dejamos en las cosas que vivimos. Lenta, bella, sus letras son como una ola que te arrastra, una escritura que le he visto a muy poca gente y que es como el sonido de un violín que te roza el alma.

El otro día, busqué por las calles de León lugares donde hacer varias de las fotos de los libros que voy leyendo (calles en las que crecí, en las que amé, besé, lloré, reí, me emocioné y me desgañité. Calles que fueron mías. Como el París de los 60 de la gente del Condé. ¿Cuánto quedará de mí por ellas cuando yo ya no esté?). Al pasar por El Gran Café no tuve duda de que si hay algún lugar en León donde uno pudiera encontrarse a Louki, sería éste.

Por eso terminé de leer allí esta novela, a modo de homenaje, mientras me bebía un tercio de Mahou. Me quedaba nada. Treinta páginas. Y sentí algo muy especial mientras lo hacía. Como si el pelo de esa mujer rozara mi espalda, como si estuviera leyendo por encima de mi hombro a la vez que yo, estando sin estar, como en toda la novela. Al cerrarla, la sensación fue la misma que la de hace siete años: la de haber leído una de las novelas más dulces y tristes de mi vida. Cada vez me gusta más la literatura francesa.

 

Te gustará: Es muy cortita y honda. Perfecta para conocer a este escritor que ha ganado el premio Nobel de literatura en 2014. Si quieres comprártela, no dudes y hazlo pinchando aquí. O aquí, si prefieres leértela en francés.

No te gustará: No la leas si estás triste, ahondará tu tristeza.

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2 Comments

  1. Después de leer Stoner, Intemperie, A bordo del naufragio, Las ventajas de ser un marginado, En la orilla, etcétera… me pondré con este. En parte por aproximarme a la literatura del último premio Nobel y en parte, como tu, por su título. Me llamó la atención nada más leerlo. Soy fanático de los “Cafés”, de leer y “perderme” en cualquiera de ellos que tenga su “aquél”. Veremos si este me conmueve y me atrapa.

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