En el camino

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“La única gente que me interesa es la que está loca, loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde”

    

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En el camino era uno de esos libros que siempre que veía, pensaba: “Me lo tengo que leer, pero…”. Pero me habían dicho que era tostón. Que se hacía largo. Que no pasaba nada. Que era uno de esos libros candidatos a quedarse a medias. Y no quería que me pasara eso. Porque, por otro lado, también me habían dicho (Fede) que esta novela era uno de los mejores libros de su vida, de esos (M. Eu) que te cambian. Obra maestra, vamos. Cuando comencé a preparar mi maleta para la Ruta 66 lo tuve claro. Había llegado mi momento On the road. Este libro de Jack Kerouc ayudó a miticar esta carretera. Si había un momento para leerlo, era este. Y estoy con M. Eu y Fede, es un libro impresionante.

Kerouac es integrante de la conocida como generación beat: un grupo de escritores estadounidenses de los años 50, con el propio Kerouac y Neal Cassady, William Burroughs y Allen Ginsberg como miembros más representantivos. Un grupo de chavales que empezaron a hablar de drogas y de libertad sexual, que rechazaban los valores clásicos de la cultura americana a ritmo de jazz, porque en sus novelas siempre suena de fondo Miles Davis. En el camino son los viajes ida y vuelta de Kerouac (Sal Paradise en la novela), Cassady (Dean Moriarty), Ginsberg (Carlo Marx) o Burroughs (Old Bull Lee) por Estados Unidos. Eso me sorprendió, porque yo pensaba que esta novela en realidad hablaba de un sólo viaje y no de los cuatro o cinco que relata. Y es que la generación beat no sólo era un grupo de chavales que decían las cosas como venían, tampoco podían permanecer mucho tiempo en el mismo lugar.

“Estaba a medio camino atravesando América, en la línea divisoria entre el Este de mi juventud y el Oeste de mi futuro, y quizá por eso sucedía aquello allí y entonces, aquel extraño atardecer rojo”

Leer el libro mientras veía esa Ruta 66 al otro lado del cristal me pareció una pasada. Porque el libro de Kerouac es como una olla a presión, con todos esos pensamientos dando vueltas en su cabeza y esas situaciones disparatadas que se van sucediendo, y acelerando, a medida que pasan las páginas. Es un libro fascinante. Sobre todo en el primer viaje, me gusta esa leve tristeza que te deja, ese desencanto con su vida, con América, que lo empaña todo. Me encantó la primera vez que llega a Los Ángeles y cómo describe la pura realidad del sueño americano, con esas decenas de chicas que fueron a Hollywood queriendo ser actrices y acabaron haciendo la calle. O su amor con la chica mexicana.

Se me metió dentro. Durante buena parte del viaje no podía arrancarme de los ojos la forma de mirar de Kerouac. Lo escribí en Facebook. Aquí os lo dejo. Fue según me vino, en el bloc de notas del teléfono, y creo que es la mejor crítica posible de este libro, que es uno de los clásicos de la literatura y ahora entiendo, claro que entiendo, por  qué.

“Me gustan demasiadas cosas y me confundo y desconcierto corriendo detrás de una estrella fugaz tras otra hasta que me hundo. Así es la noche, y eso produce”

“Piso descalza el suelo que separa los estados de Oklhaoma y Texas y pienso que después de leer a Kerouac he conocido América por fuera pero también por dentro, desde sus tripas, y también que yo algún día me moriré, como Kerouac, y yo no sé si es él o el personaje de Dean, que me creo mirar las cosas de otro modo, como por debajo, como más allá. Porque anoche, antes de dormir, busque uno a uno en la Wikipedia a los principales personales de On the Road y todos están muertos y pienso, y grito (también por dentro): “Cómo pudo morir alguien que sintió así, tanto, tan febril e hipnótico, tan intenso, como Kerouac, como Cassidy, cómo es posible que nos vayamos así, sin ruido, sin poso, cómo, cómo…“. Ay. Qué triste te deja este libro, sin pretension de serlo. Vuelvo. Le doy al botón de off en la cabeza (si es que se puede). Vuelvo al aquí. Al coche. A ese punto entre Oklahoma y Amarillo, ya en el estado de Texas. Morrisey le ha dado el micrófono a Bunbury y Oklahoma se ajena (para siempre?) en el retrovisor. Delante hay una Harley casi solitaria que camina por esta línea recta que es la 66. Y pienso que ojalá tuviera yo una de esas para cruzar EE. UU. Y entiendo a los moteros que la trazan día y noche y como debe ser esa sensación de que el viento te azote en la cara y que los coches corran al lado, por la Interestatal, tan cerca y a la vez tan lejos. Porque a este lado de la carretera, están ellos casi solos por ella, la 66, un asfalto que hace 70 años recorrieron los protagonistas de ese libro que acabo de cerrar. Y la miro y la remiro y otra vez grita mi cabeza. Dónde están sus huellas? En qué lugar, más allá de ese libro? Por que nada, ni una triste piedra (y no me refiero a placas, ni a esculturas, ni homenajes, solo a eso, a una piedra que diga, que recuerde) me cuenta que una vez pasó por ahí un grupo de poetas locos buscándose a sí mismos en decenas de idas y vueltas por América. Pero solo me responde la voz de Amaral. Y ese “que ha sido de ti, de aquella canción, de las coches muertas en tu habitación…” de su canción ‘Riazor’ que ya ha comenzado a comerse la carretera, como al estado de Oklahoma el retrovisor”.

  

Te gustará: Si haces o has hecho la Ruta 66 este libro te apasionará. Es profundo y loco. Muy triste. Llega.

No te gustará: Si no te gusta la literatura de viajes, quizá te pueda resultar aburrido (a mí no me resultó, pero claro, mientras leía veía muchas de las cosas de las que me hablaba el libro al otro lado del cristal).

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