Fractura

Fractura, by lakriticona    

“Todas las cosas rotas, piensa, tienen algo en común. Una grieta las une a su pasado”

  

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A veces hace falta muy poco para saber que uno tiene un buen libro en las manos. Basta con eso, con sostenerlo. Eso pasa con Fractura, de Andres Neuman. Que lo coges y lo sabes, que es un buen libro o más que eso, un libro fantástico, de esos que terminas pero no te abandonan. Yo sólo conozco una forma de describirlos: de los que se quedan a vivir dentro de ti. Y pasarán los años, y otras historias, pero su recuerdo siempre estará ahí. En este caso lo harán el señor Watanabe y cuatro mujeres, esas que le cuentan llamándole Yoshie, un japonés errante, buscando en distintos hogares a lo largo del mundo cómo curarse de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, aquellas a las que sobrevivió, esas que todo se lo arrebataron.

Fractura es un libro que lo tiene todo. Eso es lo que más me gusta de esta novela, que la mires desde el ángulo que la mires, es redonda. Primero cómo está escrita. No bien, increíble. Un increíble de mayúsculas y negrita. Es de esos libros que uno llena de páginas con esquinas dobladas, por arriba, por abajo, de marcas de lápiz. Son tantas sus frases de no olvidar. La historia, después, atrapa. Comienza con ese señor mayor, Watanabe, en el metro de Japón, justo en el momento en que su tierra tiemble, poco antes de que un tsunami afecte a la central nuclear de Fukushima. Se encierra en casa. Es solitario, parece arisco, cuelga sin escuchar la llamada de un periodista argentino. Pasas de página y comienza un siguiente capítulo. Violet y las alfombras se titula. Comienza a contarse Yoshie. El libro se divide en dos. Es ese palillo chino. Es ese cuchillo europeo.

“No es fácil distinguir una obsesión de una intuición, un empecinamiento de una corazonada”

Cuando leí pensé que se trataba de otra historia. Yoshie no es nada en lo anterior, en lo del señor Watanabe. “Me acuerdo de que nevaba cuando lo conocí. No me acuerdo de la fecha ni la dirección exacta, pero sí de la nieve. Qué cursi es la memoria. Sólo guarda los detalles que pueden contarse mejor”. Describe una mujer, esa Violet, francesa, en dos párrafos llenos de “me acuerdo” y “no” que me parecieron absolutamente maravillosos. “Me acuerdo de que era tarde. No me acuerdo de cuánto había bebido. Me acuerdo que nos miramos varias veces. No me acuerdo de quién habló primero”. Así todo, en veinte líneas. El peso en mis manos cada vez era mayor. “Este no es otro libro más, este es un librazo”. Y ese párrafo de los que jamás se olvidan.

Pronto intuyes que esta historia tiene mucho que ver con la otra. Que ese Yoshie es Watanabe, pero muy joven, un japonés en Francia con los brazos llenos de marcas, las que le dejó la bomba de Hiroshima cuando le arrebató a su padre. También fue superviviente de Nagasaki, por perder un tren. Descubres eso y que ella, quien habla, es una de sus cuatro mujeres.

“Hay gente que te cambia la vida en poco tiempo y otra que tenés cerca siempre y no te cambia nada”

Porque la historia se cuenta desde cinco ángulos. El de Watanabe hoy, Watanabe mayor y Watanabe mientras va haciéndose, en los testimonios de sus mujeres que, de corrido, van contándole desde el hoy cómo le conocieron, se enamoraron, separaron, tan lejos. El de la francesa es el relato del primer amor, tan intenso, tan prendido de alfileres, antes de llegar a saber adónde nos llevara la vida, quiénes llegaremos a ser en realidad. El segundo es el de Lorrie, una mujer americana, relación treintañera, más asentada. A mí, particularmente, fue el que más me gustó. Influye, quizá, que soy periodista y ella también, de las de antes, además, de las de cuando el papel parecía un periodismo que no moriría nunca.

Una argentina, Mariela, es la relación en los cuarenta, los cincuenta cerca, tan distinta de aquella, la primera. Una española de Madrid, Carmen, la de la edad de jubilación. Primavera, verano y otoño juntos, en un solo libro. Mientras el lector puede ir tocando cómo va cambiando una persona, como la cambia el tiempo, como todo es mutable, hasta lo que se creía que no. El enfrentarse al dolor. O hasta la puntualidad. Me encanta cómo Yoshie, en ellas, va convirtiéndose en Watanabe, que se cuenta hoy, entre los capítulos de ellas.

“Emilio siempre decía que cuando un jugador habla de irse del equipo, ya se fue. De las parejas pienso lo mismo”

Pero hay más. Por supuesto que hay más. Otro ángulo. Ese que hace este libro algo más que un libro. Su precision histórica. Es quirúrgica. Porque mientras uno lee la vida de Watanabe va viviendo un siglo, el pasado, y parte de éste. Desde aquellas bombas sobre Japón al 11 de marzo en Madrid pasando por algo que me llamó mucho la atención, que la palabra catástrofe comenzó a utilizarse para definir una tragedia natural en 1911, tras el terremoto y posterior tsunami que arrasaron Lisboa. El libro va más allá de estar bien escrito, de contar una historia fantástica y cuatro historias de amor en fases distintas: es un recorrido histórico. Está todo. El holocausto nazi. Chernobil. Nixon. Esos trenes de Atocha. La amenaza nuclear, sus consecuencias, esto último sobre todo (ríete tú de Julia Navarro y su Amelia, a la que todo le pasa buscado, impostado, en Dime quién soy. En Fractura sí que, todo, está bien hilado, te lleva, te atrapa, te enseña).

A mi particularmente la parte que más me gustó fue la de la mujer americana. No podía dejar de hacerle marcas a sus páginas. Cómo va cambiando el periodismo, cómo lo ha hecho. Esa verdad. Que hoy pagamos lo que sea por los aparatos en los que leemos las noticias, no por las noticias en sí, por esas ni un céntimo. Y ella también, Lorrie, su relación, me encantó. Y cómo la escribe ese periodista argentino que llama sin cesar al señor Watanabe para tratar de cerrar su historia, esa que le han ido contando sus mujeres, por teléfono, esa que te llena las manos, de tanto peso.

“El periodismo es un oficio ciclotímico, igual que quienes lo ejercen. Nos movemos a diario entre la euforia y la depresión. Eso tiene, imagino, consecuencias en nuestra forma de relacionarnos. Si alguien no me parecía nuevo, diferente, incluso difícil, me resultaba imposible sentirme atraída”

El libro estaba un día sobre mi mesa en el periódico. Sin remitente. Sólo una dedicatoria que hablabla de este blog, lakriticona, y del Atleti, “pasiones comunes”. Aún no sé quién la escribió. Busqué al remitente en la editorial, sin encontrarlo. La firma es una A y otra letra que no acierto a identificar. Quizá sea una N, de Neuman, pero no conozco a su autor, de nada. Sigo sin saber quién lo hizo, quién me lo envió. Sólo sé que, quien fuera, acertó. “Estos personajes revivirán de alegría al conocerte”, anunciaba una de sus frases puntiagudas, escritas en pilot azul. Revivir ha sido poco. Ya están llenos de vida, solos. Y te manchan las manos mientras pasan esas páginas que se quedarán a vivir por siempre en tu cabeza.

PD: Gracias, quién fueras, gracias. Me has hecho un regalo inolvidable.

 

Te gustará: La estructura, cómo desarrolla la historia desde diferentes prismas, épocas. La parte de la mujer francesa, la de la mujer americana. Cómo va cambiando Yoshie, hasta convertirse en ese señor Watanabe que ya tan bien conoces. Cómo entrelaza la historia, los grandes momentos desde mediados del siglo pasado a hoy. Tre-men-do. Magistral.

No te gustará: La parte de la argentina. A mí se me hizo un poco larga. Fue, de todas, la que menos me aportó.

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