Hasta siempre, Vicente Calderón

Hasta siempre, Vicente Calderón by lakriticona   

“El Madrid… Y qué nos importa a nosotros. Somos el Atleti. Y no conocemos la palabra imposible”

  

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Esto de hoy no es una krítica. O sí, pero diferente. No la haré yo. Es vuestra. En vuestras manos, dedos, cabezas, comentarios estará. Hoy yo sólo hablaré de un viejo estadio aún en pie (lo estará hasta mediados 2018), vecino del río. El Vicente Calderón. De su cemento, marmol rosa, cristal azul y de tres meses sin dormir, los míos, escribiéndolo, recordando cada uno de sus márgenes en los relatos de otros para que siempre se mantenga en pie, hasta cuando ya no lo esté. Hoy no soy lakriticona. Hoy soy sólo Patricia y escribo a la luz de mi flexo para desnudarme ante vosotros.

Hasta siempre Vicente Calderón. Esa es la razón por la que los últimos meses mi blog fuese un erial. Eso es aquello que, os escribí, tenía embebido mi tiempo. De siempre soy una persona muy crítica, mucho. Cuando algo me gusta lo encomio hasta el cielo, cuando no (ardillitas…) lo envío al infierno. Cuando de algo no sabes, pregúntame: seré sincera. Aquí, en esto, podéis considerarme la Pancol. Podéis si lo que bajo la luz de mi flexo lo que he construido los últimos meses no os gusta, no lo consideráis sincero, es no, no, no. Debéis si no os gusta. Yo me he dejado la piel pero no hay nada que más me ayude que la crítica constructiva: quizá me ayude a ver algo que yo desconocía, aunque sea algo de mí; me mejorará en lo siguiente. Confieso: cuando empecé, me daba pavor el folio en blanco.

“La primera vez que pise el Calderón sentí que ya lo había hecho antes. Muchas noches, en todos mis sueños”

Es tópico, lo sé, tanto como lo que yo llevaba en la piel. Mi último libro antes de éste fue una tortura. Anecdotario. O sea, momentos comprometidos de personajes famosos. Yo aspiraba a todo. Yo, 23 años, sin agenda, absoluta desconocida para todo aquel que me cogía el teléfono. De cuánto quería poco agarré, casi todo deporte (y qué agradecida estoy a quién sí me lo cogió, el teléfono, sin conocerme, ese Ferrán Adriá, ese Ventura Pons, ese Paco González, esos todos, los veintidós de mi libro). Mi jefe por aquel entonces no me dejaba librar para entrevistas, para escribir; terminaba cada capítulo con un valium inyectado en el culo. Así fue, literal. Dejé de cogerle el teléfono a mi editora del agobio que tenía (y cuánto me arrepentiré siempre de aquello). A aquella que me había dado la oportunidad de cumplir mi sueño (escribir un libro) a los 22 años (Lágrimas de arena), a una tía genial, a Camila; pues lo hice, huí. Aún me pregunto cómo logré que saliera adelante (y como ella aguantó sin agarrarme del pescuezo y matarme: todo lo que yo tardaba lo hacía ella; lo dicho, cuánto me arrepiento de aquello, cuánto de no habérselo dicho; jamás volvimos a hablar). Aún considero que jamás escribiré algo mejor que ese libro. Anecdotario.

El miedo, sin embargo, me perseguía desde entonces. El valium. La blanqura de un folio. El recuerdo de aquella ansiedad que se me agarraba al pecho y no me dejaba respirar. Desde entonces sólo leía. Mis cuentos eran sólo principios en mi ordenador. Nunca pensé que volvería a ver mi nombre impreso en un lomo, en un libro. Cómo: si era incapaz de escribir más allá del periódico. Pero la vida te lleva. A veces lo hace. Esta vez lo hizo.

“Soy Tomas Ujfalusi y prometo que, igual que vosotros os dejáis la voz, yo, por vosotros, me dejaré la vida”

Última temporada del Calderón. Tarde de Lavapies. Conversación con Juani: “¿Y si hago las crónicas como una cuenta atrás de las tardes que le quedan al Calderón? ¿Y si luego eso se lo presento a una editorial y lo convertirmos en libro?”. Aquello, lo primero, no salió, pero esto sí, contar el Calderón, sus 51 años, mis últimos seis meses sin dormir.

Entrevistas. La primera, a Pantic. Llamarle, sin que me conociera de nada, con la vergüenza que a mí me da eso. “Hola, soy Patricia, estoy escribiendo un libro del Calderón y me gustaría…”. El café frente a su casa. El consejo de Álvaro (Caballero, mi musa en esto) en la cabeza: “No dejes que las cosas se posen, escríbelas según llegues a casa”. El folio en blanco lleno de letras. Letras escritas por mí. Por mí y mis frases cuchillas, de alma cortas. Mi ambición por cambiarlas, escribirlas como lo harían otros, la lectura a Juani de camino a una casa rural. “Ni lo toques”. Ni lo toqué. Tampoco lo hice con todo lo demás. Ayudó una sensación que Lara, bendita, me dijo en aquel viaje: “Puede que los demás a ti te gusten más, pero a mí nadie me llega como tú”. Me dije: ¿Y si mis frases cortas cortan de verdad? ¿Y lo hacen con como a mí las de otros, las de Delphine de Vigan? Lo hicieran o no, me dejé llevar por ellas. Tampoco tenía tiempo de más.

“El fútbol tiene momentos que unen como la sangre y, con ellos, yo los he vivido todos. Koke, Godín, Juanfran, Gabi. Hermanos”

Tenía dos meses. Dos sólo y veinticienco entrevistas por delante. Dos y dos onces. Uno de jugadores, otro de todos los demás que se iban con el estadio, aficionados, bares, hijos de los padres que inauguraron el campo. La noche era mi inspiración. Los días de periódico sin dormir, de mails a la Pedraja de Portillo para que una amiga, María Eugenia, los llenara de frases moradas. Con mucha ayuda, esas entrevistas que tanto miedo me daban fueron saliendo. A Pantic le siguió Kiko, y Futre, y Antic, y Rodri, y Melo, y Antonio López, y Torres, y Gabi. Yo le ponía la letra, Joaquín Rodríguez y sus ilustraciones, la música. En mayo, de pronto, amanecía. Estaba terminado. Mis noches volvían a ser sólo noches. En septiembre lo que fue un documento de word estaba en imprenta, estaría en librerías, y sin que ningún valium hubiera rozado, si quiera, mi culo. Hasta siempre Vicente Calderón se llama lo que llenó mis folios en blanco. Os toca a vosotros. Kriticadme. Estoy deseosa de leer vuestra krítica. Aunque en ella yo sea la Pancol (que espero, rezo, que no). 

  

Te gustará: Espero. Y que lo haga si eres rojiblanco y también si no, si tienes otro color que no sea ese, el del Atleti, incluso si no te gusta el fútbol, que también. ¿Mi mejor krítica hasta el momento? Que este no es un libro de fútbol, sino de personas alrededor de un balón, de un estadio.

No te gustará: Dímelo. Aprenderé de ello.

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