Kanada

Kanada, by lakriticona   

“¿Cuánto pesa una pirámide de tres mil seres humanos?”

  

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Kanada. Quizá no te suene de nada. O sí, claro, es país, y también esa palabra que en la negrura de Auswichtz sonaba a esperanza. También es un libro, con apellido obra maestra. En serio: todos tus amigos que lean y les preguntes algo que leer, si lo conocen, te lo recomendarán. Tardarás en leer algo igual en tu vida. Y será por varias razones. La primera, cómo está escrito, cómo escribe Juan Gómez Bárcena. Yo llevaba dos páginas y, de la impresión, regresé a la lengueta del principio que le contaba. Leí que había estudiado Literatura Comparada. La busqué en Internet, quiero estudiarla. Leí que había estudiado Filosofía, quiero aprenderla, pregunté a una compañera de trabajo que sabe, que compré el primer tomo de la colección en los kioskos de Grandes Pensadores, Platón. Ojalá, algún día, yo pudiera escribir como él. Cada frase se inserta en tu cabeza. Kanada es uno de esos libros que nunca quieres dejar de leer.

Kanada. De pronto ese nombre no dejas de escucharlo en esas bocas, tus amigos que leen, tus amigos que saben de libros, tus amigos que siempre que te recomiendan aciertan. Kanada, en todas sus bocas. Y tú no lo habías escuchado antes pero yo, te confieso, hacía tiempo que no leía a alguien escribir tan bien, llegar tanto escribiendo. Instalarse en tu hueso como en el estómago del protagonista el hambre, el miedo, los números.

“Piensas en el número de años necesarios para ver desfilar a la humanidad entera bajo tu ventana. Si todo el mundo se mueve, para viajar basta con quedarse quieto, con no moverse en absoluto, y tú quieres estar ahí cuando eso suceda: cuando el mundo acabe de pasar”

Kanada es una historia sin nombres. Él, el protagonista es el Profesor. Y el vecino es el Vecino. Y su mujer, la Esposa. Él un día regresa a casa, así comienza la historia. Con él regresando, el Profesor, a ese edificio que fue su casa y que no derruyó la guerra. Qué suerte, le felicita el Vecino cuando le ve, en la misma puerta. Lo que no pudo evitar, dice, fue el saqueo de los ladrones. De sus muebles sólo hay recuerdos. En su lugar hay otros, desparejados, que no hacen sino hacer más evidentes los huecos que han dejado en las paredes el polvo sobre las fotos que ya no están.

Él, el protagonista, el que fue Profesor y hoy es pellejo, busca un refugio, su antiguo despacho. Allí donde en un rincón sobrevivieron unos libros, muchos sin tapas, un colchón de plumas rajado y un telescopio. Ese será su mundo. A veces inmenso, como las grietas de ese azulejo que cuenta incansable (muchas páginas después entenderás por qué), que no se ve capaz de limpiar, mientras el Vecino le trae comida, según le interese: mendrugo duro si nada, hogaza si quiere convertir las habitaciones de su piso en pensión o en algo peor.

“Todos los genios llegan a serlo porque perseveran en una locura”

Aún no he llegado al final. Escribo antes de terminarlo. Escribo porque necesito escribir. Escribo porque lo hace ese protagonista, que ya vive en mi cabeza. Todavía no sé muy bien de qué guerra habla, aunque parece, mi libro anterior fue Primo Levi y su Si esto es un hombre, esa que se vivió en un campo de concentración, en Auswitchz. Por los zuecos, por la alambrada, que Kanadá era como llamaban allí a un mañana lejos de la alambrada, como se le decía al paraíso. Quiza sea ésta, quizá otra, la que sea, no tiene nombre, sí conscuencias: un hombre incapaz de levantarse de un colchón que se ha quedado sin plumas. Un hombre que ha visto la negrura de la que es capaz el hombre. Para qué el salir de esa habitación, para qué sus clases, para qué los libros, para qué todo salvo esto: contar las vetas que tiene un azulejo, el ejército de hormigas que persigue una miga de pan.

He leído muchos libros de las guerras y de sus consecuencias, de esas heridas que deja, invisibles, esas vidas que rompe, la negrura, la muerte en vida. En tantos libros, tan bien escritos. Nada, Chirbes, Levi. Pero jamás leí algo así. Algo desde tan adentro. Algo que podría sentir yo, esa desesperanza, ese sobrevivir viviendo, para nada. Mirar por la ventana. Mirar dinero que acaba de ser deshauciado amontonarse en las alcantarillas. Y a ese barrendero recoger del suelo aquel papel que yo acabo de lanzar, desde mi ventana, con el sello de billete oficial. A este hombre, muerto en vida.

“Quien mejor que ellos puede sabar que rezar es inútil, que la muerte no es el final ni el principio de nada. Son los musulmanes. Y comprendes que sobrevivir significa mantenerse en pie mientras ellos se derrumban”

No he terminado de leerlo pero ya necesitaba escribirlo, contarlo, porque oiréis hablar de él, Kanada, y si no lo hacéis ya os lo digo yo: hace tiempo que no leéis un libro como éste. Tan bien escrito, que se quede a vivir así en vosotros. Vosotros podemos ser nosotros, cualquier día, sin saber muy por qué el mundo se habrá derrumbado sobre nuestros hombros. Y sólo nos quedará eso. Pensar en Schineber. Y lamer latas vacías de conserva en busca de aquella pizca de comida que, la última vez, se había desechado pensando que ya estaba vacía. Qué ilusos. Qué librazo.

(Kanada. Lo lees final, pero quizá sea principio. Maldito ese sin nombre llamado Vecino mientras imaginas al Profesor lamiendo esa lata, ya vacía, buscando comida en esas mondas de patata, ya podridas).

 

Te gustará: Imposible que no si te gusta la buena literatura.

No te gustará: Si te piensas que es sólo otro libro más sobre Auschwitz.

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