La casa que amé

La casa que amé Tatiana de Rosnay lakriticona

“Nadie recordará la calle Chidebert, la calle Erfurth, la calle Saint-Marthe. Nadie se acordará del París que nosotros, usted y yo, amábamos”
 

Tatiana de Rosnay escribió un libro precioso, La llave de Sarah, publicado en España en 2008 y llevado al cine en 2010. Aquella llave encerraba un terrible y desolador secreto. La llave de Sarah era un libro espeluznante, sobre el genocidio nazi, desde los ojos de una niña, Sarah, que se hace mayor de repente la manaña de 1942 en la que los gendarmes franceses la apresan con su madre y la llevan al Velódromo de Invierno mientras ella aprieta fuerte esa llave de metal contra el pecho, el símbolo de la vida que ya nunca volverá, su deber más inmediato, su gran secreto. Aquel libro me gustó. Es entretenido y te mantiene alerta, en tensión, desde las primeras páginas. Está bien armado y, sobre todo, cuenta una historia. La casa que amé es, sin embargo, un pluf. Totalmente. Sí, serviría para que los habitantes de la Francia de finales del siglo XIX recuperaran sus raíces, olieran, sintieran y tocaran su París, pero poco más. A mí particularmente, del libro sólo me han interesado las últimas diez páginas. El resto, todo decepción.

Es el París de 1860. Un París convulso, medieval y anticuado que se come el nuevo París, ese que abraza la modernidad, con sus bulevares y anchas avenidas. Unas obras que duraron veinte años y dejaron tras de sí barrios enteros devastados y cientos de familias sin casa, obligados a comenzar una vida nueva, lejos de sus hogares y recuerdos.

Rose, la protagonista, es una viuda que le escribe una larga carta a su marido contándole qué pasó desde el momento en que recibe la carta del prefecto, en la que se le informa de la expropiación y aniquilación de su calle, hasta que su casa, la casa de la familia de su marido, desaparece. Pues bien, no te interesa para nada.

No hay acción ni emoción ni nada. El libro es una larga descripción de ese París que desaparece, pero lees, lees y lees y todo son vueltas y vueltas sobre lo mismo.

De hecho, creo que a la autora se le fue de las manos la narración. En las primeras páginas, la viuda le deja caer a su marido que antes del fin debe confesarle un secreto. Un secreto que te ves venir, que no te interesa para nada y que, a mí al menos, me pareció aparte de obvio, pillado por los pelos. “Ya que tengo que escribir una larga descripción de aquel París voy a darle emoción”, debió pensar Tatiana de Rosnay, pero vamos, emoción, ninguna. De hecho, el mejor personaje no es, ni siquiera la protagonista, sino el de la florista Alexandrine.

Ella escribe bien, muy bien, pero aparte de escribir bien debes contar una historia. Y eso es lo que no hace. A mí me gustan mucho las historias tristes, esas que hablan de la pérdida irremediable de las raíces, obras nostálgicas que hablan del tiempo que pasa y que ya no volverá y este libro, aunque habla de todo ello, ni te llega ni te emociona y ná de ná. Lo dicho, sólo en las últimas diez páginas consigue sacarte una sonrisa, conmoverte, pero para llegar a ellas antes has debido tragarte doscientas sesenta páginas vacías y hasta cansinas. Con lo bueno que era La llave de Sarah… Vamos, no creo que de La casa que amé hagan nunca una versión cinematográfica.
 

Te gustará si: Su final. Eso si consigues leer antes las doscientas y pico páginas que lo preceden.

No te gustará si: Esperas una novela que emocione como La llave de Sarah.

 

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