La Caverna

La caverna José Saramago lakriticona

 “No es nada que no debiésemos esperar, más pronto o más tarde tenía que suceder, el barro se raja, se cuartea, se parte al menor golpe, mientras que el plástico resiste a todo y no se queja, La diferencia está en que el barro es como las personas, necesita que lo traten bien, El plástico también, pero menos”

 

Siempre que leo a Saramago una tristeza enorme se instala en mi pecho, como si éste fuera capaz de albergar todos los océanos del mundo. Me encanta cómo escribe, lo que cuenta, cómo lo cuenta. La Caverna ha sido el último, pero sentí lo mismo que cuando tuve en las manos El Hombre Duplicado, Ensayo sobre la lucidez y, sobre todo, Ensayo sobre la ceguera, un libro crudo, terrible, descarnado que dibuja con precisión la mezquindad a la que puede llegar el ser humano. Premio Nobel de Literatura en 1998, para mí Saramago más que escritor es filósofo. Lo demuestra en La Caverna , donde representa El Mito de la Caverna de Platón.

Tres hombres y tres mujeres en una gruta. Atados de pies y manos y obligados, por correas, a mirar siempre al frente. Allá, una hoguera y las sombras de las cosas que proyectan otros hombres. Su mundo, el mundo de los sentidos, el único que conocen, el que creen que es real, inamovible, pero uno consigue escapar, salir de la gruta y ver el sol, la realidad, el mundo de la razón… Pues bien, Saramago construye en su novela una alegoría del mito con El Centro como la representación de aquella caverna, una ciudad dentro de otra ciudad, que crece, monstruosa y va comiéndose todo lo demás. Un Centro con alma de Gran Hermano de Orwell en su novela 1984. Un Centro muy centro comercial, con sus escaparates y eslóganes, donde el que no compra no es bien recibido. Un Centro en el que no encajan ni el alfarero Cipriano Algor ni su hija Marta ni siquiera su perro Encontrado. El Centro no admite animales. Es tajante. Ni peces. Sus casas no tienen si quiera ventanas que se abren. Gasto innecesario de aire. Eso sí, todo es nuevo. Los muebles, las paredes, los objetos. Novísimo e industrial, como las casas prefabricadas del Ikea.

Pero ¿qué importa eso? El Centro todo te lo da. ¿Para qué abrir una ventana y respirar el aire de verdad si El Centro ya te filtra el mejor?

La familia de alfareros representan un oficio antiguo que ya no sirve. Mejor la producción industrial de ese plástico que no se queja de los golpes recibidos. El personaje de Cipriano es tierno, de esos que te llegan y se instalan en tu alma. No duermes con su insomnio, caminas con sus pasitos cortos, anhelas con sus sueños. Es el personaje más lúcido. Aquel que creció en otro mundo que se esfuma, otro mundo que ya no vale, como sus vasijas de barro, demasiado frágiles, ya inútiles. Cuando El Centro decide que su trabajo, tan artesanal, tan delicado, ya no gusta, trabajan su hija y él hasta la extenuación en la construcción de unas figuritas (el esquimal, la enfermera, el payaso, el bufón, el mandarín y el asirio de barbas) que tampoco sirven para nada.

Quizá esta parte, la intermedia, se hace demasiado pesada. Pero La Caverna es un libro fundamental. Un clásico. Uno de esos libros que todo el mundo debería leerse. Aquel que elegiría para hacerme una mini-biblioteca en una isla desierta. Para mí no es el mejor de Saramago (ese puesto lo ocupa Ensayo sobre la ceguera) pero me ha gustado, me ha gustado mucho.

El estilo de Saramago no es fácil. Sin puntos ni aparte ni guiones. Las conversaciones sólo son comas y mayúsculas, aunque he de decir que la mayoría de las veces no se nota porque el lector siente cómo le laten los personajes dentro. Sus letras se convierten en dedos invisibles que comprimen el corazón. Sus personajes siempre tan tiernos y su poso siempre tan crudo con lo que somos y representamos.

La parte más divertida de la novela es cuando la familia llega a El Centro y Cipriano se pierde en sus pasillos, ascensores y escaleras en una investigación que recuerda a la de un niño de cinco años, un niño en un cuerpo de setenta. Se lee en un suspiro, sin poder dejar de leer. Entre la risa y la mueca. En una de esas excursiones, Cipriano prueba una experiencia, de esas que se viven en grupo como en un Parque de Atracciones. En este caso la atracción es sentir la lluvia, la nieve en la cara, notar como empuja el viento, unas inclemencias metereológicas que, quien ha vivido siempre en el centro, sólo puede conocer así.

Qué duro me pareció.

Porque eso sí, El Centro no sólo son escaparates, allí también hay playas, cafés, restaurantes, campos de golf, un hospital de lujo, un mapa gigante, un tren fantasma, un taj-mahal, una muralla china, una pirámide, un fiordo, un acueducto de aguas libres y hasta un cielo de verano. Todo al alcance de la mano. Si lo puedes pagar, es tuyo. Pero…

Es que para tener todo eso, basta con salir ahí fuera. Sin necesidad de pagarlo. No hay más norma que la de querer vivirlo.

Cipriano Algor representa la razón, ese mundo que se derrumba, pero que ve más allá de sombras chinescas, que sabe que la realidad es mucho más bonita que su sombra, aquel que ya no interesa a El Centro, porque piensa, razona, se mueve, y El Centro sólo quiere seres dúctiles, alineados. Todo esto me hizo pensar en una teoría o un principio o un no sé qué que estudié en primero de carrera, en Antropología. No me acuerdo ni de su nombre ni de qué iba exactamente pero planteaba un dilema.

¿Cómo preferís vivir? Una vida sin sufrimientos ni lágrimas, plácida, feliz, tumbados para siempre en una cama, en una urna ajena al dolor y el sufrimiento, recibiendo todos los estímulos, toda la felicidad del mundo, una felicidad pura e intensa, a través de un entramado de cables, o por el contrario, la vida que conocemos, con sus subidas y bajadas, con sus aristas y pérdidas, con esos momentos en los que sentimos como todo el peso del mundo cae sobre nuestros hombros.

¿Vosotros con qué os quedariáis? Yo lo tengo claro. Y Cipriano Algor, su familia y Saramago creo que también.

Te gustará si: Es una de las grandes obras de Saramago, por su calado filosófico y su intento de explicar al ser humano. Casi diría que es un libro de obligada lectura, aunque te cueste meterte en él, luego merece la pena.

No te gustará si: El estilo de Saramago para un lector no-acostumbrado se puede hacer pesado. Además, el libro tiene una parte intermedia un tanto tediosa. Aún así, merece la pena.

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