La estación perdida

 La estación perdida Use Lahoz lakriticona

   
“Y la vida se deshace en fechas que hacen pensar en lo que no se hizo”

 

Menuda decepción. Después de leer El año en que me enamoré de todas, las sensaciones sobre Use Lahoz eran contradictorias. Por un lado el libro me había gustado. Lo había leído del tirón y la historia me había entretenido. Pero había un pero enorme. Metodio y ese manuscrito al que no le encontré mucho sentido en ningún momento. Aún así, estaba más cerca del sí, del me gusta Use, que del no. Pues bien, ya no. La estación perdida me ha quitado de golpe todas las ganas de seguir leyendo a Use Lahoz, que ha pasado quinientas treinta y tres páginas de suplicio después al apartado de escritores-pereza.

La estación perdida es un libro, por llamarlo de algún modo porque para mí más que libro es un rollo, sin sentido y sin interés. Te cuenta muchas cosas para, en realidad, no contarte nada, porque la historia de Santiago Lansac o Cadiar o como quiera llamarse, no tiene en ningún momento tensión, es una larga línea recta, sin subidas ni bajadas, infinitamente aburrida.

No me ha gustado nada, pero nada de nada. Las doscientas últimas páginas las leí, de hecho, con lectura vertical, tratando de encontrar algo que le diera sentido al resto de la novela. Pero no, no lo encontré.

La estación perdida son quinientas treinta y tres páginas y una historia que se alarga y alarga sin que en realidad te cuente nada.

Intento resumir: esta es la historia de un chico, Santiago Lansac, que es feliz en su pueblo de los años setenta, sin tele, jugando a esconderse del cura, del médico y el maestro, protegido en esa patria que, como dice Pérez Reverte, es la infancia. Pero resulta que un día aparece un coche, el primero que nuestro protagonista ve, y ciento cincuenta páginas de detallada descripción de las rutinas de un pueblo después (¿no decía Aristóteles que todo lo que aparezca en la escena debe servir para que la trama avance?) resulta que en ese coche van sus padres biológicos, que vuelven a por él o que se lo quieren llevar, pero él no entiende, pero luego sí, porque se lo cuenta no sé quien. ¡Ay, madre, para qué queremos más! Entonces el Santiago Lansac este que era un tío majo de repente de vuelve loco y empieza a actuar de un modo muy extraño, que nada tiene que ver con el Santiago de las ciento cincuenta páginas anteriores.

No asistimos a una transición normal.

De repente Lansac es Cadiar y punto, eso justifica todo el cambio. Mentiroso compulsivo, el lector tampoco llega a entender demasiado los líos en los que se mete porque una novela a veces te cuenta la vida de un loser (Alta Fidelidad, por ejemplo) que trata de escapar de ese destino loser y se da de bruces una y otra vez con su sino, pero le ves actuar, tratar de cambiar o aceptar sin más lo que le ha tocado, o a veces te cuenta la evolución de una persona, eso de caer dos veces en la misma piedra pero no tres.

Pues bien, el Santiago Lansac éste, o Cadiar, o como sea, no es lo uno ni lo otro. Es un loser claramente pero no le ves evolucionar, una y otra vez haciendo las mismas patochadas. Llega un momento que el lector desconecta.

A mí al menos me pasó. Es eso que decía Aristóteles, que todo lo que pase pase por algo. Aquí no. En esta novela es una larga descripción de todo sin que realmente pase nada. Ningún personaje tiene eso que se llama alma y que los convierte en seres de carne y hueso, de papel, pero latiendo con nuestras mismas emociones.

Luego hay otra cosa que me ha hecho mucha gracia. En la sinopsis de la parte de atrás del libro dice: “Ésta es la historia de amor entre un buscavidas y una mujer de un solo hombre”. Ja. La supuesta mujer de un solo hombre, pobriña la Candela ésta que más que ternura produce hasta rechazo lo ignorante que es, aparece doscientas páginas después, cuando el Lansac o Cadiar este ya ha tenido un amor de pueblo (jamás vuelve a aparecer, entonces, ¿para qué narices le dedicas cuarenta páginas a la Consuelo aquella?) y una exmujer estridente… Sólo es un ejemplo más de que, para mí, la trama de La estación perdida hace aguas la mires por donde la mires. La Candela ésta, a mi parecer, debería estar desde el principio, un guiño al lector, para que las piezas vayas encajando y haya subidas y bajadas en esa línea aburrida y sin sentido que Usen Lahoz pinta en La estación perdida. Un libro al que le sobran cuatrocientas páginas.

Me queda una novela de Use Lahoz por leerme, Los Baldrich, por la que fue nombrado Talento Fnac en 2010, pero así como El año en que me enamoré de todas me dejó la sensación de querer más de este autor, La estación perdida me ha quitado todas esas ganas de golpe.

Te gustará si: Me cuesta encontrar algo bueno.

No te gustará si: Aburrido, repetitivo y sin punch.

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