La habitación

La habitación lakriticona

  

“A mamá nada le da miedo. Bueno, a lo mejor el viejo Nick sí”

 

Esas catorce palabras resumen todo el espíritu de La habitación, un libro difícil de definir. Porque la novela de Emma Donoghue es muchas cosas a la vez. Tierna y desconcertante. Original y turbadora. Emocionante y espeluznante. Incalificable. Porque La habitación cuenta una historia terrible, como esas que hemos visto en las noticias hace no tanto. El monstruo de Amstetten. El de Cleveland. Hombres que secuestran y violan sistemáticamente a mujeres que guardan bajo llave en algún cuarto oscuro de sus casas. Mujeres que se convierten en madres, que tienen hijos que crecen en un mundo delimitado por paredes de corcho que ahogan los gritos (y el dolor). De eso va La habitación. Eso es. La historia de una madre y su hijo encerrados en un cobertizo del jardín. Sus días. Ella lleva siete años allí. Él cumple cinco y su vocecilla atiplada e inocente es la que nos cuenta esta historia. Quizá sería imposible hacerlo de otra manera.

Porque su personaje, el de él, Jack, es tan tierno e inocente que aún te parece más terrible todo lo que cuenta, la alegría con la que va descubriendo un mundo que tú, lector, sabes que es horrible, horrible, horrible. Quizá es que una historia tan asfixiante y claustrofóbica sería imposible contarla desde otro ángulo. De otra manera, quizá, nos haría mirar hacia otro lado. “Vete a contar penas a otro” o “Emma, bastantes problemas tenemos ya en la vida como para que vengas tú a amargarnos con algo así“. Pero así no. Sólo en la voz de Jack puede contarse un relato tan triste.

Porque en La habitación descubre el inmenso amor de una madre por su hijo. La inmensa mierda que a veces es la vida. La inmensa inocencia de un niño, porque, aviso: Jack engancha tanto como escuece.

Sólo su parte intermedia, algo tediosa, no la convierte en una novela imprescindible, muy recomendable. Sin embargo, la recomiendo. Porque resulta turbadora e interesante. Emma Donoghue, además, escribe bien. Y la novela comienza fuerte y termina aún mejor. Tan bien que resultaría un pecado que no recomendara su lectura, a pesar de esa parte intermedia en la que baja, en la que desconectas (y que termina abruptamente, con un giro de trama que golpea como un puño de hierro en medio del esternón).

La voz de Jack, además, no se apaga cuando cierras el libro. Es tan bueno, tan tierno y tan divertido (porque sí, leyendo esta novela me reí como hacía años, quizá desde Sin noticias de Gurb, que no me reía tanto y desde tan adentro, aunque luego al pensar de qué me reía me horrorizaba y aún así no podía parar), que cuando has cerrado el libro ya quieres a Jack. Quieres protegerlo y abrazarlo, acunarlo, llevártelo de la mano, esconderlo del mundo cruel y exterior que todo lo estropea.

Jack, el muro de carga de mamá. Mamá, el escudo de Jack. Ambos forman una pareja genial…

Y no quiero contaros más. Destriparía un libro que, a pesar de lo tétrico de su punto de partida y esa parte intermedia tediosa, merece mucho la pena descubrir, leer. Un libro que para mí ha sido especial por otra cosa. Porque lo tenía a medias cuando me probé leer en un ebook y, la verdad, lo retomé con necesidad de tocar sus páginas. De leer como en color. De alejar mis ojos de la pantalla opaca, en blanco y negro, como sin vida. De tomar sus páginas. De escucharlas. Y olerlas. De pasarlas. De admirar su diseño y estropearlo todo con mis manazas torpes, con mis renglones torcidos a lapiz y mis anotaciones jeroglíficas en los bordes. El ebook me marea. Por eso me abracé aún más fuerte a Jack. Y a su madre. 

Te gustará si: El personaje de Jack es fascinante y te hace reír de corazón y de verdad.

No te gustará si: La parte intermedia se hace un poco larga.

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