La ridícula idea de no volver a verte

La ridícula idea de no volver a verte Rosa Montero lakriticona

“Pablo, qué pena que olvidé que podías morirte, que podía perderte”

 
La ridícula idea de no volver a verte. Cuánto dolor en ocho letras, en un contraste. Esa ridícula idea. Esa puta realidad… Dulce Chacón y Rosa Montero son mis dos escritoras españolas favoritas (Carmen Amoraga es la tercera). Por desgracia, un cáncer apagó la voz de Dulce hace una década. Ya nunca podré leer nada nuevo que hayan tejido sus manos. De Rosa Montero, sin embargo, sí. Cada tres años, cada vez que publica una nueva novela, me abalanzo sobre ella como si no hubiera mañana. Me como sus letras. Cómo me gusta cómo escribe. Se mete en mi cabeza. Tropiezo en el Metro, me doy contra las farolas, me resbalo. Cuando llevo un libro suyo entre las manos, el tiempo se detiene y sólo me mueve el tictac de papel de sus personajes. Cuando llevo un libro de Rosa Montero en las manos sólo existimos ese libro y yo.La ridícula idea de no volver a verte. Qué título, insisto. Llega después de Lágrimas en la lluvia, novela que me ma-ra-vi-lló. Si antes de Bruna Husky ya era fanática de Rosa, después no encuentro la palabra que pueda definir mi devoción. Bruna Husky es un personaje tan poliédrico y enigmático, tan, tan, tan de verdad, a pesar de ser completa ciencia ficción, que mientras engullía en dos días las casi quinientas páginas de Lágrimas en la lluvia la sentía muy dentro de mí, tanto que creo que pocas veces sentí una vinculación tan intensa con un personaje. Temblé con Bruna. Corrí con Bruna. Lloré con Bruna. Recuerdo su piel blanca y esa línea negra que dividía su cuerpo en dos, un cuerpo androide que destilaba las emociones más puras del ser humano. Todo envuelto en un universo Blade Runner que ya avanza su título, Lágrimas en la lluvia, como esa frase maravillosa que me estremece cada vez que la escucho, en la voz irrepetible de un grande que se ha ido demasiado pronto, Constantino Romero. “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…”. Esa frase que me pone la piel de punta cada vez que la escucho. Pues bien. Aquella novela de Rosa Montero se me quedó debajo de la piel. Bruna Husky nunca se me ha ido del todo. Una de las cosas que más me llegó fue su desgarrador dolor ante la muerte de su pareja. Era tan descarnado y real que, incluso, pensé que Bruna  no era Bruna, sino Rosa, y que algo terrible le había pasado porque su grito era tan grande que traspasaba el papel y se me quedaba pegado a la punta de los dedos.

Después de leer La ridícula idea de no volver a verte pienso que, quizá, no estaba equivocada.

La ridícula idea en realidad no es una novela. Gira entorno a Marie Curie, una mujer extraordinaria que descubrió la radioactividad en un miserable cobertizo, que hacía las veces de laboratorio, una mujer tremenda obligada a manejarse contra los perjuicios y el machismo, la única persona en ganar dos Premios Nobel en distintas especialidades, Física y Química. Marie, esa mujer a la que la palabra excepcional se le queda corta, como a un niño los pantalones del invierno pasado.

Pero La ridícula idea tampoco es una biografía. Marie es su savia, La ridícula idea de no volver a verte va más allá. Rosa Montero se mete dentro de la Marie Mujer.

La Marie Mujer y ese intenso dolor por la muerte de Pierre, su marido y compañero, aquel con el que compartió tardes y noches de hangar hasta descubrir ese elemento de fulgor verdoso azulado llamado radio, hoy fundamental para curar tumores. Rosa Montero dibuja a la Marie Mujer y ese desgarrador dolor que le produjo la pérdida de Pierre, atropellado por un coche de caballos, volatilizado de repente, sin tiempo para despedidas ni adioses, dejando tras sí, únicamente, un pañuelo manchado de sangre y sesos. Marie volcó aquel dolor en un diario en el que fue despidiéndose día a día de Pierre cuando ya estaba muerto, un Pierre que, quizá, no hubiera sobrevivido mucho más, machacado por ese radio que les despellejaba los dedos y les molía los huesos pero aún así manipulaban sin protecciones e, incluso, guardaban sobre el cabecero de su cama. Pero todo eso ya lo cuenta mucho mejor Rosa Montero que yo*.

A mí, particularmente, me ha encantado descubrir a Marie Curie. Fue arrolladora. Pero vivió antes de tiempo. Santa, mártir, viuda y puta. La llamaron muchas cosas a lo largo de su vida. De hecho, para más inri, el primer Nobel se lo dieron a su marido, no a ella, y fue Pierre quien dijo que sin ella, no lo quería. Terrible. Mujeres como ella nos han abierto el camino a las demás. Conocía poco su historia. Padezco déficit de atención. Vuelco toda mi energía en lo que me llena a cada momento y paso de puntillas por todo aquello que esté fuera de esos márgenes. Por suerte, mi foco cambia cada poco y cada día encuentro una nueva cosa por la que apasionarme. Gracias a Rosa Montero, desde ahora devoraré cualquier referencia sobre Marie Curie que antes leería casi sin rozar.

Las notas de su diario son desgarradoras. Pero aún me han parecido más brutales las sensaciones que ese diario provoca en Rosa Montero. La tenemos ahí, desnuda por completo ante nuestros ojos. Y a mí se me vienen a la cabeza Bruna y su dolor, Bruna y su alarido, silencioso y desgarrador. Cuando un libro te marca nunca se va del todo. A mí me pasó eso con Lágrimas en la lluvia. Ahora volverá a pasarme con La ridícula idea de no volver a verte. Y lo hará más por Rosa que por Marie y mira que Marie es intensa, pero ese último adiós, esa despedida página a página a un compañero, amante, amigo, a tu todo de 21 años de Rosa te desolla. Nos enfrenta lo que está por venir. Siempre pensamos que eso, la muerte, la pérdida, es para los demás, hasta que el abismo se abre ante nuestros pies y nos engulle.

La ridícula idea ha provocado tal huracán de pensamientos, de sensaciones y emociones que siguen dando vueltas, como bailando un tétrico vals, en algún lugar entre mi cabeza y mi pecho. Su dolor me ha dolido, como un puñetazo tremendo, de estos que te dejan sin respiración, de esos que marean, de aquellos que empujan a agarrarte. Pero qué ocurre cuando desaparece ese compañero, amigo, amante, cuando no está, cuando abras su armario y te saluden sus ropas vacías, esas que aún huelen a él, esas que ya no volverá a ponerse, que no volverás a verle, nunca más, jamás, qué ridícula idea, ¿verdad?

Pero es que no es una idea, es una realidad, un agujero negro que se abrirá ante nosotros cuando menos lo esperemos, un martes cualquiera, un domingo de resaca, una nochevieja, un agujero que ya jamás conseguiremos cerrar porque ahí se han quedado todos los planes a medias, las fotos, aquel reloj para los días de fiesta, esa ropa del armario y todas esas cosas que se quedaron y que nos explotan en el pecho cuando menos lo esperamos, porque nos recuerdan a todas aquellas que se fueron con esa persona que ya jamás volveremos a ver, oler, escuchar, sentir, regañar, acariciar, sorprender, vivir.

Yo a veces utilizo la escritura para olvidar. Me paso la vida escribiendo. Cuando voy por la calle pensando en nada, escribo; cuando estoy en el periódico pensando un reportaje, escribo dos veces; cuando leo, escribo. Siempre escribo.

Cuando algo me duele convierto mi dolor en letras para mirarme desde fuera. Sólo así siento que puedo empezar a olvidar, como si encerrado en palabras todo doliera un poco menos. Ya está, lo dejas ahí e intentas tirar adelante. Venga. Te disfrazas, te pones la máscara y tiras, tiras, tiras. Aunque ese dolor en el pecho sea un océano que ahogue. Una piedra que pese más que tú. Tiras, tiras, tiras. No lo sé, pero quizá, esta novela haya sido eso para Rosa, una manera de tirar adelante, de volcar tanto dolor, ese grito que me aturdía en Lágrimas en la lluvia y muerde en La ridícula idea de no volver a verte. Que te golpea tan fuerte que, mientras escribo esto, lo hago con los ojos empañados. Como cuando hace tres años leía a Bruna Husky y su dolor se me quedaba pegado en la punta de los dedos página tras página.

Uf. Qué dura novela y, a la vez, tan maravillosa. Su lectura me ha cambiado. Rosa, sólo puedo decir una cosa. Que lo siento, que lo siento, que lo siento. Pero también gracias. Gracias por enfrentarme al espejo. Gracias porque desde que leí La ridícula idea de no volver a verte “quiero no más pero mejor”. Digo más veces que amo. Discuto “menos por tonterías”. Río más. Me esfuerzo por “aprender el nombre, por reconocer” todas aquellas cosas que están en los márgenes y por las que antes pasaba de puntillas pensando que mañana, sí, mañana tal vez tendría tiempo, pero no, también es una ridícula idea pensar que siempre habrá un mañana, como eso de volver a verte cuando ya no estés.

*Sólo un último apunte del radio y algo que me pareció espeluznante leyendo la novela de Rosa. El descubrimiento de Marie Curie produjo una fiebre por el radio que se alargó tres décadas, ¡treinta años!, media vida. Productos para la alopecia y la piel, lanas impregnadas para bebes y hasta un tónico para beber. Todo llevaba radio. Una radioactividad devastadora que se vendía alegremente hasta que un famoso golfista murió joven y hecho polvo tras beber día a día aquel tónico radioactivo “rejuvenecedor”. Se pregunta Rosa, y yo también, qué habremos aprendido cien años después de aquello. Si hay alguna sustancia nueva (¿botox? ¿ácido hialurónico? ¿implantes PIP?) que utilicemos libremente por sus propiedades únicas, rejuvenecedoras y sanadoras y que en realidad lo único que estén haciendo es reducirnos la poca vida que ya de por sí tenemos.

Te gustará si: Si te interesa Marie Curie, si te gustó Nada, si te gusta Rosa Montero.

No te gustará si: Te acercas a él pensando que es una novela. Aún así, merece la pena.

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