La última noche

La última noche James Salter lakriticona 

“El perro no estaba fuera ni en su coche, no formaba parte ya de su vida: desaparecido, extraviado, su nombre tal vez aparecería algún día en un verso, aunque lo más probable era que nadie lo recordara, salvo ella”

  
Si te gusta Raymond Carver, te gustará La última noche. A mí particularmente, Carver me encanta, por lo que James Salter ha sido todo un descubrimiento. La última noche es un compendio de diez relatos con una esencia común, las relaciones entre hombres y mujeres, el deseo, el amor, contados con una frialdad precisa y muchos silencios que te atrapan. Cuando lo leía, pensaba una y otra vez en Carver, en cómo me gusta, y en cuánto me recordaba Salter a Carver.

Es una lectura deliciosa. E intensa. Hace dos semanas, no sabía quién era James Salter, no había leído jamás sobre él, no le había leído a él, pero ahora mismo puedo decir que soy devota. Le buscaré en librerías y estantes. Le compraré. La última noche no es un libro que pueda leerse sin posar los cinco sentidos sobre sus páginas. Si no lees embebiéndote por completo, te pierdes. De hecho, yo en alguna ocasión debía volver atrás para ubicarme. Aún así lo hacía mucho gusto, para poder penetrar por completo en el universo fascinante que propone Salter en sus cuentos. Un universo inteligente y bello. Su escritura es magistral.

De los diez relatos, sobre todo me han gustado tres: el último, el que da título al libro es, sencillamente, hipnótico. Y, después, Platino y Palm Court. Los dos son un orgasmo de cuentos.

En Platino el autor hace una radiografía la obsesión. Cómo se gesta, como crece, como estalla. Mientras lo leía pensaba en Match Point. No sé por qué pero imaginaba al protagonista como a Jonathan Rhys Meyers y a ella, a la otra, como a Scarlett Johansson. Me encanta como Salter teje la obsesión del protagonista por su amante y cómo ésta va colándose en su matrimonio, al principio perfecto, de revista, como el agua entre las piedras que, cuando se hiela, resquebraja en mil esquirlas una vida.

Palm Court retrata el recuentro con un viejo amor, aquel que no han sepultado los años, ni otras rutinas ni otros besos, un amor que nada ha borrado.  Es genial. La estructura es circular. Ella llama, tantos y tantos años después. Él recuerda cuánto quiso, por qué quiso, cómo se alejó. Rememora su cuerpo esbelto, su carilla de niña, su pecho turgente. La recuerda joven, tal y como la quiso, antes de que una boda con otro la alejara por siempre, después de ese día que él estuvo a punto de hablar y cruzar esa línea que separa una amistad de algo más. Aún con los recuerdos en la piel, quedan. La ve de lejos. Se da de bruces con la realidad. En aquella que tanto amó ya no queda nada de lo que amó. La marchitó el tiempo. Todo aquello que quiso se quedó en una dimensión de su pasado, en una fotografía, inasible.

Muchas veces no queremos a una persona, sino a los ideales que nosotros pintamos sobre alguien.

Nos gusta su físico. Un gesto. Su mirada y, a partir de ahí, ya rellenamos nosotros todo lo demás. Le colgamos todo aquello que deseamos que nos dé alguien… Y nos obsesionamos. Parte de nuestra vida la pasamos rememorando a una persona del pasado que, quizá, ahora, ya no tenga nada que ver con aquella que se quedó en esa otra dimensión, en esa foto que hace tiempo que se cayó de la pared.

Te gustará si: Si os gusta Carver, corred a leer Salter.

No te gustará si: Te gustará, seguro.

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2 Comments

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