Las ardillas de Central Park están tristes los lunes

Las ardillas de Central Park están tristes los lunes lakriticona Katherine Pancol

 
“Antes de conocerte creía que había amado, pero sólo me había enamorado. No puedes decidir dejar de amar. Amas durante el resto de tu vida… Y ésa es la única diferencia”

 
Hoy me siento un poco Boyero. Me explico. Jamás olvidaré aquella crítica que hizo sobre La piel que habito de Almodovar (la podéis leer aquí). Aquella frase lapidaria: “No he tenido oportunidad de revisar esta película desde que la padecí hace varios meses en la última edición de Cannes. Recurro por ello a la hastiada memoria”. ¿Imagináis por dónde van los tiros, no? No puedo con Katherine Pancol. De verdad, no puedo. Aún recuerdo cómo me gustó Los ojos amarillos de los cocodrilos. Veía ese libro en el Metro y me intrigada. Leía la sinopsis de su contraportada y crecía el misterio. Lo compré y fue el mejor libro de aquel verano… Lo leí del tirón en la playa. En un día. Mi cuerpo estaba ahí, bajo el sol, pero mi cabeza no. No, no. Mi mente volaba a París, se metía en la piel de Josephine, se enamoraba con ella, se irritaba con Iris, tenía ganas de pegarle un tortazo a Hortense. Sólo la parte de Marcel Gorzs se me hacía un poco pesada. Pero poco. El libro me gustó. Lo recomendé. Lo regalé. Lo alabé. Y me compré impaciente El vals lento de las tortugas. No, qué digo lo compré. No me lo compré… ¡Pagué 22 euros por ese libro! Es decir, tiré 22 euros a la basura. ¿Y ahora con Las ardillas de Central Park? Pues ahora también.

Suena duro, pero es pura verdad. Cómo me decepcionó. Los personajes que tanta fuerza me parecía que tenían en Los ojos amarillos comenzaron a hacer cosas inexplicables. Ya no tenían vida propia. Ahora Katherine alargaba la historia con un crimen que tenía tan poca credibilidad como el Gobierno cuando decía que no subiría el IVA. Un poco de Crímenes Imperfectos, de hecho, no le hubiera venido nada mal para construirlo. Estaba claro. Los ojos amarillos fue un bombazo y había que alargar la saga como fuera, aunque ese “como fuera” fuese destruir, quitarles toda la humanidad, a esos personajes tan maravillosos que me llevaron a París sin moverme de una playa de Málaga.

Las ardillas de Central Park ya me lo compré de edición de bolsillo. Cuando lo veía en los estantes de las librerías, decía: “Ja, a mí no me la pegan de nuevo”. Pues sí. El último libro de la trilogía vale aún menos que eso (con todos mis respetos). Vuelvo a Boyero. No escribo esta crítica desde el recuerdo, lo hago cuando aún me quedan cuatrocientas páginas para terminar este libro infame que está provocando indigestión literaria. Lo paseo. Lo llevo de lado a lado (y mira que pesa), pero no lo abro. Siempre lo dejo para luego. Para mañana. Para más tarde.

Seiscientas páginas. ¡Seiscientas…! Y aún no me ha enganchado. Si lo hace escribiré un epílogo. Mientras, aquí dejo mi crónica boyeriana.

Ya no es un crimen absurdo y deslavazado lo ridículo de su argumento. Ya es todo. Todos los personajes han perdido su esencia y hacen cosas sin sentido, extravagantes, ilógicas. Lo de Josephine y Philippe no se lo creen ni ellos. Ese beso en la ópera (o donde fuera, el sitio por suerte lo borré de mi memoria) de tres páginas. Parecías hasta escuchar sus lenguas haciendo ruiditos absurdos. Ese amor tan tremendo entre Shirley con el pianista (que describe muy bien pero le emoción arrebatadora y definitiva siempre es la misma, sólo cambian sus protagonistas. Todos los personajes sienten exactamente lo mismo). Esas idas y venidas de Hortense, que por cierto, es el único personaje que aún mantiene algo de alma, también he de decirlo. Hortense y su maldad post-adolescente es lo único que aún te crees. Con sus defectos y virtudes. Con sus cosas buenas y malas. En fin con las dos caretas, o más, que todos llevamos encima. Ese cuaderno de Gary Grant (lo único que te anima a seguir la lectura. Que te susurra: “Qué pasará”. Y empuja tus dedos a la página siguiente) que mete con calzador y pega tanto con todo lo demás como el azul marino y el negro…

Por Dios… Es que, para mí, no hay por dónde cogerlo.

Ni a Zoe ni a Gary ni a nadie. Ni lo que les pasa ni lo que sueñan o anhelan. No te crees nada. Y, claro, luego está eso que ya hizo la autora en El vals lento de las tortugas: cada tres páginas referencias disparatadas y sin sentido a las ardillas de Central Park (hay que justificar el título…). Esas ardillitas bonitas que van de árbol en árbol. Tan monas ellas… Puag. Porque están las ardillitas y luego también ese niño con hechuras de catedrático a los dos años. Otra cosa completamente disparatada y ridícula.

El niño, Junior se llama, no juega a la pelota ni moquea. ¡Memoriza dos manuales de inglés en dos días! Un genio. ¡Un genio! Lee a los Clásicos. Ya hablaba con seis meses… Es patético. De verdad. Para saltarse directamente sus capítulos. El culmen del adefesio. Una birria total.

Eso sí. A pesar del edulcorante (no puedo con eso: el barroquismo sensiblero), Katherine escribe bien. Y no es ironía. Me gusta su estilo. Pero luego se pasa con el azúcar y claro, eso no se lo traga ni un diabético ni nadie. Supone caries segura. Pero me gusta cómo escribe. Sus frases cortas te llegan. Los símiles y comparaciones. Sólo ahí, en eso, encuentro algo de aquel libro que me gustó y cuyo recuerdo empañan sus dos hermanas menores, dos atrocidades.

Escribir bien no lo es todo. Porque si a Las ardillas de Central Park le sobran seiscientas páginas (y me quedo corta) a esta trilogía le sobran dos libros. Directamente. Literal.

Te gustará si: Eres friki de esta trilogía. No veo otra razón.

No te gustará si: Buscas un libro de verdad.

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19 Comments

  1. Querida Kriticona. Por segunda vez me permito escribirla para darla mi más sincera enhorabuena. Hago de su crítica la mía. Por lo poco que nos conocemos me da que la piel que habita su ser está creada de la misma esencia que la mía. Los ojos amarillos de los cocodrilos es fascinante. Aguanté por la inercia la segunda entrega, más por esperanza futura que por lo que estaba leyendo. Y la tercera… la tercera es una estafa en toda regla.
    Me sorprende, por lo que puedo intuir, que no haya disfrutado con la película de Almodóvar. “La Piel que habito” me parece una joya incomprendida, no así “Los Amantes Pasajeros”, uno de los mayores esperpentos de la historia del cine.
    Le envío un par de besos biene dados.
    tomás. Siempre Tomás.

    • Querido Tomás. Una vez más muchas gracias por leerme y por escribirme. Cómo me gusta como escribes. Además, estoy de acuerdo contigo en que La piel que habito es una buena película. A mí me gustó. Mucho, además. Eso sí, Los amantes pasajeros, no la he visto y no creo que la vea, al menos en el cine. Me fío de tu crítica. Un abrazo enorme. Y gracias por estar al otro lado!

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