Los años de peregrinación del chico sin color

Los años de peregrinación del chico sin color lakriticona Murakami

   

“En aquella época creíamos ciegamente en algo, éramos capaces de creer ciegamente en algo. Esa emoción no puede haberse desvanecido del todo”

  

Los años de peregrinación del chico sin color no es la mejor novela de Haruki Murakami pero está bien. Alejada del surrealismo que salpica cada página de 1Q84, por ejemplo, esta es una obra dulce, se lee bien, rápido, y a mí me ha gustado, pero no deja de parecerme una historieta al lado de la profunda obra del japonés. No tiene demasiados nudos ni subtramas. No hay pozos secos. Ni gatos. Ni apenas jazz. Pero está bien para catar, para posar el primer pie en el mundo pop del japonés. Porque eso está ahí. Como un latido, en cada una de sus páginas. Los años de peregrinación, entonces, es una novela adecuada (corta, con una historia sencilla, pero contada por Murakami, es decir, un sota-caballo-rey al estilo culto-pop) para regalársela a alguien que no conozca su universo y quiera hacerlo, para introducirlo sin que alucine y se atragante, sin que huya de los pozos secos, los gatos sueltos y esas páginas que destilan jazz.

Porque Murakami es igual a jazz. Sin embargo, anoche, mientras leía, yo pensaba en una canción de Quique GonzálezHotel Los Ángeles: ”Tal fue la racha que seguí apostando,/ luego me dio coraje,/ ahora me muero por dormir un rato/ después de un polvo suave…”. Esta letra, ese después de un polvo suave, venía a mi cabeza una y otra vez. Un polvo suave. Quizá esa sea la mejor definición de esta novela de Murakami. Esa sensación deja. Un libro melancólico que suena a piano. Un polvo suave enlazado a un poderoso grito a la nostalgia y a lo que ya no volverá.

Pero quizá sea todo demasiado fácil, la historia demasiado simple, el viaje demasiado corto.

He echado de menos algo (aunque, advierto, hay orgasmo: la última página y media, las últimas dos reflexiones, me han parecido sublimes…). Pero no sé qué me ocurre últimamente que ninguna novela me llena. No se sí soy yo o son ellas. Pero siempre me falta algo. Un personaje. Una acción. Un giro. La última vuelta. Tampoco sé si es mi cabeza o que, simplemente, lakriticona me ha afilado la mirada y me he vuelto lectora inconformista. Pero con este Haruki me ha faltado, me falta, algo. Ese swing que no se puede explicar con palabras, pero que se palpa, que ahí está.

Los años de peregrinación es la historia de Tsukuru Tazaki, un hombre de treinta y seis años que construye estaciones de trenes y que, cuando era niño, fue expulsado, sin más explicación que una fría llamada telefónica, de su grupo de amigos, una pandilla en Nagoya, su ciudad, integrada por otros dos chicos (Aka y Ao) y dos chicas (Shiro y Kuro) con una peculiaridad: cada uno de sus nombres (apellidos) representan un color.

Rojo, azul, blanco y negro. Todos menos Tazaki, un apellido sin sustancia ni color que marcará de por vida a Tsukuru, que le hará sentirse anodino, poca cosa, como fuera de lugar. La irrupción en su vida de una mujer misteriosa, Sara, obliga a Tsukuru a cerrar por fin esa herida que, a pesar de los años, aún supura. Pasado y presente otra vez en la misma dimensión. Atrás la adolescencia que aún fulgura. Delante la vida que viene, la vida adulta. En medio, el viaje.

Y ese viaje de Tsukuru es la novela y atrapa sí, gusta, también, pero insisto: a mí me ha faltado el alarido del Hombre Carnero. Ese grito descarnado que me abofeteo en La caza del carnero salvaje, esa sensación de tener entre las manos una de esas novelas que te cambian la mirada. Hay una parte de Los años de peregrinación que me recuerda profundamente al tránsito final que hace el protagonista en La caza de carnero salvaje (todo en sí es muy esa novela escrita treinta años después), pero le falta toda la profundidad y tensión de aquel. Anoche, cuando leía, de hecho, pensaba que Baila, baila, baila y La caza del carnero salvaje (porque son indisolubles, la una con la otra, del moderno Hotel Delphin al viejo Hotel Delfín) son las mejores novelas del japonés. Esas sí que tienen swing. Un noséqué intenso que a veces corta la respiración.

Por eso, si coloco esos dos libros al lado de Los años de peregrinación, éste, en efecto, me parece un tanto descolorido, como ese chico/hombre que busca su sitio mientras construye estaciones, lugares de ida y vuelta, de subidas y bajadas, que no son de nadie, a los que nadie pertenece.

Arquetipos de las novelas de MurakamiAntes de leer esta novela, descubrí una fascinante autopsia de la obra de Murakami resumida un dibujo: Bingo Murakami (o todo Haruki en veinticinco casillas). La viñeta pertenece al ilustrador de The New York Times Grant Snider y a mí me llegó vía Argentina, gracias al Página|12, que deconstruye a Haruki en su reportaje Murakami Expres.

Y es verdad todo lo que dice. En Argentina, en América, en Japón y en España. Murakami siempre camina entre arquetipos fijos. Una mujer misteriosa. Orejas únicas. Poderes sobrenaturales. Cosas que desaparecen. Pozos secos. Pasadizos. Gatos. Desidia urbana. Sexo inusual. Estaciones y trayectos en tren… Y así hasta contar veinticinco. O más. Porque yo a esa lista le añadiría tres: nadar, una copa en una azotea y una mujer infiel. En Los años de peregrinación faltan algunos, pero muchos están. Hay diecinueve. Como si fueran anclas.

Mi libro de Los años de peregrinación está hecho un desastre buscando, precisamente, esos cimientos. Con frases subrayadas (casi en cada página hay una: “Por algún motivo, las palabras adecuadas siempre llegan demasiado tarde” es la de la 279), pensamientos al aire y sensaciones capturadas a lápiz en sus márgenes, con café derramado y un cuarenta por ciento de las esquinas dobladas, está tremendamente vivido.

Una vivencia palpable (esa, su aspecto desastrado) y otra que no lo es tanto: una vez un buen amigo me dijo que probara a leer Murakami escuchando las canciones de las que habla. Nunca lo había hecho así. Y en este libro hay una melodía de principio a fin, en cada página, en cada conversación, Le mal du pays, de Franz Liszt, que me puse en la primera mención. Y, sabéis, es cierto, mi amigo tiene razón: si lees a Murakami escuchando a la vez las canciones que cita abres una puerta a una dimensión desconocida, un pasadizo secreto fascinante que, sin duda, yo también os insto a probar.

Porque si la melancolía fuera una canción sería el piano de Franz Liszt. Porque Le mal du pays o Les cloches de Géneve siempre me harán pensar en un cielo gris emborronado, en los amigos de la infancia que se fueron y aquello de mí que también se marchó con ellos. Porque la escuchas una vez y ya la tienes ahí, página a página, ese tinoni lánguido y triste, como el polvo suave de Quique González. Un polvo suave que me ha gustado aunque, si me dan a elegir, yo soy más del Murakami de pozos secos y gatos que desaparecen, yo soy más de ese carnero que me hizo gritar “¡Hijo de puta!” una y otra vez (intensa, admirada) mientras en mí se quedaba una emoción que jamás se desvanecerá del todo…

Te gustará si: Es un buen libro para comenzar a leer a Murakami.

No te gustará si: Le falta la profundidad de otras novelas más surrealistas y raras del escritor japonés.

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7 Comments

  1. Mi voto va para ti LaKriticona

  2. Me interesan mucho más tus críticas que los libros de Murakami. Por todo eso y más, habrá que votarte, ¿no?

  3. Se te puede seguir en facebook?

  4. Hola, he terminado de leer éste libro, todo gracias a tus recomendaciones. Primero con Tokio blues (que me gustó mucho) y ahora con éste. El primero me pareció completo, no le faltó nada. Sin embargo, en este me ha dejado inconcluso, queriendo saber especialmente qué iba a decidir Sara y quién era el hombre con el que andaba. Me gustan mucho las reflexiones de Murakami, pero en este caso quería saber de esto en concreto que te menciono. Me quedé un poco frustrado y golpeado. Quiero saber tu opinión al respecto.

    • Tengo la misma sensación que tú. Creo que la historia se quedó un poco coja. Que no terminó de atar todos los hilos, que alguno se quedó suelto. Por eso, aunque me gustó, no es uno de los libros de Murakami que reelería, algo que sí haría con Tokio, o con El carnero salvaje, o Al este de la frontera… Ay, la verdad es que después de leer tu mensaje me han entrado unas ganas locas de leer Murakami, pero el último libro que se ha publicado en España, Underground, no me atrae demasiado :(
      Un abrazo fuerte y gracias por escribir. Lee After Dark, a ver qué te parece!

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