Memorias de Adriano

Memorias de Adriano by lakriticona

“Todavía me recojo cada noche con la esperanza de llegar a mañana”

  

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Los libros, en realidad, para que te lleguen, sólo han de cumplir dos principios: que te guste lo que cuenta o que te guste cómo lo cuenta. Así de fácil. No es sencillo. Al contrario. Difícil, muy difícil, es alcanzar una de esas premisas, imagina las dos. De hecho sólo muy pocos consiguen fusionar ambas, pero si lo hacen, ojo, ya nunca te quitarás ese libro de encima. Irá en tu cabeza, en tu librería y en tu corazón. Será uno de esos que luego, con el tiempo, verás y dirás: “Este libro… este libro es especial”. Especial como Memorias de Adriano.

Especial porque logra algo que todavía es más imposible: llegarte, emocionarte, con una historia que, a priori, no te interesa. Nada. Y, sin embargo, te enamora con su letra. A mí, quien me lo prestó, mi querida M. Eu., me avisó. “Trata sobre las memorias del emperador romano Adriano. No sé si el tema te va a interesar mucho, pero…, pero merece la pena”. Dicho y eso: entonces, se abrió para mí un tercer principio en los libros que hasta entonces desconocía. Porque además de los que te gustan en la trama y la escritura, están también aquellos que no te interesan demasiado en lo que te cuentan pero no puedes dejar de leer. 

“Cualquiera puede morir subitamente, pero el enfermo sabe que dentro de diez años ya no vivirá”

Hace mucho, mucho, mucho tiempo que leí éste pero publico ahora, un año más tarde. Mi tardanza en escribir. En actualizar. El fútbol. El día a día. Mi pereza cuando tengo un rato libre. La falta de la foto. Todo ha influído. Escribir este blog me apasiona, son los libros el motor de mi vida, sin embargo, todo eso de los campos SEO y las etiquetas, me agotan. Cada entrada no es sólo volcar mis sensaciones en un papel (teclado, en este caso). Cada entrada es una hora de andar recortando fotos, rellenar campos, pensar en el ordenador de Google. A mí me gusta escribir y ya está. Sin ir más allá. Pero ahora, cada entrada es eso, una mañana, como poco, aunque el texto sea breve (y me cuesta encontrarla para sentarme, pero lo hago e intentaré hacerlo cada lunes, de hecho, I promise). Aún así, no paro, insisto: me apasiona. En ningún sitio soy tan yo como aquí, cuando soy ‘lakriticona’.

A lo que iba. Leí el libro hace tiempo y apenas recuerdo nada salvo sensaciones. Y la primera, esa: que no me atraía demasiado lo que leía y, sin embargo, no podía dejar de leer. Es brutal como escribe Marguerite Yourcenar. Pero brutal de verdad, salvaje. La lees y te piensas que es fácil hacerlo. Así de bien escribe. Quizá sólo Jhon Berger deje esa sensación de naturalidad ante el lector con una pluma. Parece que todo sale de dentro, como cuando John Kerouac escribió On the road en dos semanas, sin pensar, después de un último viaje por la 66. En Memorias de Adriano, aunque todo pasara casi en el principio de nuestros calendarios, lejos muy lejos, tragedias y traiciones de palacios (o coliseums, más bien), no puedes dejar de leerlo con un lapiz en la mano. No puedes dejar de subrayar. Así es la escritura de Marguerite. Lúcida, inteligente, en carne viva. Aunque escriba sobre otro, lo hace con una tristeza que parece un paso de baile lento. Los pies se arrastran por el suelo. Y te atrapan, te atrapan.

“Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un mostruo solapado que acabará por devorar a su amo”

Cuando planeé mi viaje a Roma este invierno, lo supe. La foto sería allí. Ya había leído el libro y, sin embargo, éste se vino en mi maleta. Y, mientras buscaba la foto, su foto, que encontré en el techo del Pantheon (¿dónde si no? Él lo levantó), lo abría y leía. Al tuntún. A cachos. Y volvía a alucinar con sus frases. Frases como esta: “Nuestra vida es breve; hablamos sin cesar de los siglos que preceden o siguen al nuestro, como si nos fueran totalmente extranjeros; y sin embargo llega a tocarlos en mis juegos con la piedra. Esos muros que apuntalo están todavía tíbios del contacto de cuerpos desaparecidos; manos que todavía no existen”. Ay.

Me repito. Marguerite Yourcenar es, quizá, uno de los escritores con la pluma más lúcida que yo jamás me topé. Esa escritura extraña, atípica, perfecta. Tu cabeza rueda por el papel con una facilidad pasmosa. Lees y dices. “Pero si no me interesa para nada lo que estoy leyendo”. Y sin embargo sigues. Y sigues. Y Adriano te atrapa. Sus pensamientos, sus enseñanzas (tan poco hemos cambiado en todos estos años…). Cada frase es una enseñanza que se te clava adentro, que te hace crecer. El libro se convierte en algo más que un libro. Te alimenta como persona. Eso es Memorias de Adriano. Un imperdible. Da igual que te interese un pimiento lo que ocurrió en la antigua Roma. Es una enseñanza de vida. Una puta enseñanza de vida, esa que se le fue a él hace dos mil años, esa que se nos está escapando a nosotros, segundo a segundo, día a día, dos siglos más tarde. Lo reconozco, cuando fui a Roma no sólo hice la foto: también toqué sus piedras imaginando que hace tanto Adriano también lo habría hecho, aunque su tacto haya desaparecido, aunque el mío, entonces, todavía no existiera…

  

Te gustará: La escritura de Marguerite. Brutal.

No te gustará: La temática. Adriano. La antigua Roma. Tira al ensayo. Sin embargo, aviso: logra atraparte.

 

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