Mi planta de naranja lima

Mi planta de naranja lima lakriticona blog

   

“Matar no quiere decir que uno tome el revolver de Buck Jones y haga: ¡bum! No es eso. Uno mata en el corazón. Va dejando de querer. Y un buen día esa persona muere”

  

Escribo con pena de lo que voy a decir, pero no me ha gustado este libro. Sé que Mi planta de naranja lima es una de esas novelas que uno lee de chico y guarda para siempre en su memoria, por la ternura infinita que despierta su personaje Zezé, un poco al estilo Totó, el niño de esa película inmensa Cinema Paradiso. Quizá es que a mí me llegó mayor, demasiado mayor. Pero Mi planta de naranja lima me ha parecido tópico. Lo veía venir, constantemente. Me enterneció, pero no sé, me parecía que lo hacía con el recurso fácil. Y mira que me lo había recomendado una persona, M. Eu., con quien comparto inquietudes literarias, cuyas recomendaciones leo de ojos cerrados porque comparte conmigo alma de lectora, gustos, inquietudes, letras, pero nada, con toda la pena del mundo, Mi planta de naranja lima no me atrapó, no me enamoró, no me gustó.

Quizá es que cogí Mi planta de naranja lima después de leer a Delphine de Vigan. Una autora que todo lo que escribe me desarbola. Quizá es que debí esperar porque en la comparación con Delphine todos pierden. Y esta novela me pareció cursi, ñoña. Me costó horrores meterme y disfrutar de su lectura a secas.

Mientras leía a José Mauro de Vasconcelos pensaba en García Márquez y esa prosa llena de poesía que me aturde y atrapa a partes iguales. O en Vargas Llosa, cuya técnica y finales me maravillan. O en Benedetti cuya poesía es una de las guías de mi vida. No podía evitarlo. Pensar en Gabo y los dos Marios. En Delphine. Comparaba. Y entonces Vasconcelos me sonaba hasta cursi. Lo que contaba. Que ya lo he leído. Ese padre de mano larga. Las reprimendas, los golpes y las tundas. El niño travieso pero tan bueno que emociona. No sé. Tengo la sensación de haber leído muchas veces esa historia. No me dice nada ya. Como el músico del metro que ya no escuchas. Como el pobre de la esquina que ya no ves.

Hasta la mitad no leí con ganas y reconozco que si seguí leyendo fue por M. Eu. y la devoción que la tengo. Y al final me conmovió un poco, sí. Lloré, pero… Pero no puedo evitar pensar que esta lectura que emociona, apasiona y gusta a tantísima gente, a mí me pareció decepcionante. Quizá, como me pasó con El guardián entre el centeno, es que la he leído demasiado mayor (Vasconcelos la escribió en 1968 y ha sido la novela favorita de muchos jóvenes a lo largo de la historia). Con mi cabeza adulta anestesiada y bruta. Pero no logré identificarme. Y eso que el libro es lindo, tierno, bonito, y te dan ganas de abrazar a Zezé y sacarlo de ahí, para que no despierte tan pronto, para que no se haga aún adulto, de un modo tan cruel. Pero me costó demasiado llegar al final, llegar hasta ese punto. Conectar. Eso sí, en su defensa diré una cosa: la primera vez que vi Cinema Paradiso no lo hice con todos los sentidos puestos en ella y no me gustó, no la entendí. Volví a verla un año después. Sabía que debía darle otra oportunidad. Desde entonces es una de las películas de mi vida. Quizá con Mi planta de naranja lima me pase lo mismo. Volveré a leerla más adelante, y lo haré de verdad, y quizá tenga que borrar todo esto y comenzar a escribir de nuevo con un: “Mi planta de naranja de lima es uno de esos libros que uno lee y ya jamás olvida…”, como le pasa a M. Eu., a White Pony, a Carmen

Te gustará si: Lo raro es que no lo haga como me pasó a mí. Es una novela que ha conmovido a muchísimos lectores a lo largo de todo el mundo. Uno de los Clásicos de la literatura brasileña. De esos libros que leas las veces que lo leas siempre te hacen llorar.

No te gustará si: Quizá fue eso. Que tuve la sensación de haber leído esta historia triste ya muchas veces. Que quizá no era el momento en el que debía leerla.

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