Moteros tranquilos, toros salvajes

Moteros tranquilos, toros salvajes lakriticona Bisking

  

“A finales de los sesenta y principios de los setenta, si uno era joven, ambicioso y talentoso, no había en la tierra ningún lugar mejor que Hollywood”

  

La frase pertenece a la introducción de Moteros tranquilos, toros salvajes (La generación que cambió Hollywood), obligada lectura para cinéfilos. Si te gusta el cine, has de leer este libro. Sin excusas ni peros. No sólo supone un repaso exhaustivo a esa década en la que directores como CoppolaPolanskiSpielbergLucas o Scorsese cambiaron para siempre el cine con películas como El PadrinoChinatownTiburónLa guerra de las galaxias y Taxi Driver, es un retrato preciso y detallado de las miserias e hitos escondidos detrás de esas obras maestras que cimentaron el Nuevo Hollywood e introdujeron en su lenguaje muchos de los registros que aún guían nuestro cine. Muy, muy recomendable, de verdad. Uno de esos libros que no deben faltar ni en la biblioteca ni en la memoria de un adicto al cine.

Peter Biskind, el autor, además, escribe con la precisión de un cirujano. Introduce un dato. Cuenta una historia, a menudo escabrosa, en boca de uno de sus protagonistas. Si no hay confirmación por parte del otro, o lo niega directamente, lo pone a continuación entre paréntesis. Eso me ha gustado mucho. Aporta seriedad y rigor a su relato. Te lo crees. Lo coteja todo. Y es encomiable, porque Moteros tranquilos, toros salvajes enfoca directamente a las obras de arte que nos dejó la década de los setenta, pero también a los detalles, miserias, miedos y excesos que las rodearon. Porque el Nuevo Hollywood solía caminar en el alambre, haciendo malabarismos entre montañas de cocaína y océanos de alcohol. Y todo eso está ahí. Al principio y al final de esa generación de cineastas convertidos altavoces de la contracultura que inundaba las calles, con flores en el pelo y gritos de “No a Vietman“. Ellos, los hijos de aquello, sus películas, el doloroso grito en contra de todo y todos que recorría, como una herida en carne viva, esa sociedad.

El recorrido de Biskind comienza en el Bonnie and Clyde de Warren Beatty y termina en La puerta del cielo, la película que, dicen, sepultó al Nuevo Hollywood y a sus películas, envueltas en noches de ácido, orgías, cocaína y una lucha constante de egos, y devolvió todo el poder a los estudios.

Son 572 páginas que te descubren esa generación de autores, productores y actores que cambiaron Hollywood con un ojo permanente sobre Europa y su Nouvelle Vague, y el otro hacia el altar en el que todos tenían instalado Ciudadano Kane (de ahí que la película de Orson Welles esté en la foto la primera, como si fuera un faro, una guía de todas las demás).

Moteros tranquilos, toros salvajes es un libro para leer despacio. No valen las lecturas rápidas y por encima. Si se lee ha de hacerse con todos los sentidos. Cada página, una enseñanza. Descubres multitud de curiosidades de actores y actrices que conoces de siempre, miles de anécdotas que han cimentado la historia del cine. Yo, mientras leía, con una mano sujetaba el libro y, con la otra, el teléfono. Cada nombre, una búsqueda en Google. Una lectura reposada que en ningún momento aburre. Todas las historias están perfectamente ensambladas. Pone el foco sobre una pero ya te ha lanzado el anzuelo sobre otra aún más interesante. Y así vas leyendo, con hambre y sed, con ganas de completar el puzzle del Nuevo Hollywood, encajar todas las piezas, descubrir qué hubo detrás de películas hoy consideras obras de arte como El Padrino o Toro Salvaje. Porque, siempre, toda luz trae consigo reverso y sombras

Peter Biskind, además, escribe fantástico, con ambición didáctica compone un libro en el que no sientes que sobre ni falte nada. Intenso en cada página, siempre cumple. Una obra maestra a la altura de las que disecciona. A mí me ha encantado. Y mira que es una lectura lenta y sin más trama que el recorrido por esa década que cambió Hollywood. Pero es apasionante y se te queda grabada como una lección magistral. La lentitud es necesaria para asimilar la cantidad de nombres, situaciones, aventuras, películas, líos y locuras. Lenta, pero no cansina. Pocas veces en mi vida he tardado veinte días en acabarme un libro (de hecho si las ha habido antes no las recuerdo). Pero en ningún momento sentí ganas de dejarlo, abandonarlo o leerlo a trozos, de rato en rato. No. Leía enfrascada y aprendía mientras Peter Biskind me llevaba suavemente, casi arrullada, sin que lo notara, hasta la década de los ochenta, la década en la que yo nací.

Porque en Moteros tranquilos, toros salvajes descubres cosas como lo buen tío y amigo de sus amigos, aunque bastante colgao, que era Jack Nicholson. O que Robert de Niro si no le caías bien, te hacía la vida imposible, como se la hizo en Taxi Driver a Cybill Shepherd (mientras que a Jodie Foster la trató con delicadeza y devoción), que a su vez era una simple modelo de catálogo hasta que un día Peter Bogdanovich, otro de los autores de la década, la vio en televisión, la contrató para La última película, se enamoró de ella y terminó dejando a su mujer, Polly Platt, con quien, dicen, se fue también parte de su chispa.

También te asombras ante la locura y paranoia que rondaban desde siempre la cabeza de Denni Hopper (estaba sonao, pero sonao de verdad, de llegar a dar miedo) o que nadie creyera en esos dos hitos de la contracultura como Bonnie and Clyde y Easy Ryder, esas dos películas sobre las que se asentó el Nuevo Hollywood mientras los viejos estudios se desconchaban y caían de viejos y sus mandamás se llevaban las manos a la cabeza. Hollywood se les había escapado de las manos.

También descubres que Francis Ford Coppola sufrió la polio de niño y que las críticas previas (antes y durante el montaje) le hicieron no creer demasiado en El Padrino (un género pasado, una película oscura, una historia muy larga que los productores no entendían demasiado). Su apuesta por Marlon Brando (actor señalado, con quien nadie quería trabajar por sus excentricidades, cuando Coppola lo eligió para encarnar a Vito Corleone) y un desconocido Al Pacino (“Solo vale para protagonizar películas B“). Curioso… Algo parecido le ocurrió a George Lucas (el extremadamente tímido e introvertido George Lucas, durante un tiempo, justo al acabar la Universidad, sombra y mejor amigo de Coppola) con La guerra de las galaxias. Un rodaje y un presupuesto que se le fueron de las manos. Una historia en la que quería reconciliar al público con el niño que llevaba dentro. “Una película Disney“, solía repetir una y otra vez ante los descreídos que le decían que su historia de robots y estrellas de la muerte no tenía ni pies ni cabeza, que se había salido de madre, que sería un rotundo y sonado fracaso, que nunca alcanzaría a su segunda (y triunfal) película American Graffitti. De hecho, Biskind cuenta que, cuando se estrenó La guerra de las galaxias, Lucas tenía tanto miedo a la crítica y al público que se fue de viaje el día de su estreno para vivir ajeno a lo que decían unos y otros. Pero qué mala suerte la suya que justo enfrente de donde comía con su mujer había un cine y una cola inmensa que daba la vuelta a la manzana tres veces. Desde donde estaba no veía el cartel de la película que estaban proyectando. Era La guerra de las galaxias… Y Lucas regresó inmediatamente a casa.

También desnuda las dudas e inseguridades de Marty Scorsese (es terrible el retrato que realiza de su tremenda adicción a la cocaína) Su apuesta por un desconocido Bob de Niro. La tirante relación entre Paul Schrader y su hermano Leonard. Ese guión en el que nadie confiaba demasiado y que dio vueltas y vueltas por platós de rodaje y producción antes de llegar a Scorsese, Toro Salvaje, película hoy considerada la mejor de deportes de toda la historia y que en su día pasó puntillas por taquilla y críticos. Las noches insomnes en Nicholas Beach, la casa que las actrices Margot Kidder (“sexualmente se comportaba como un chico, agresiva, por no decir voraz, y se acostaba con casi cada hombre que atravesaba el umbral de la casa“) y Jennifer Salt se alquilaron más allá de Malibú, lejos del Viejo Hollywood, una casa que era una eterna fiesta por la que pululaban Susan SarandonBrian de Palma, Scorsese, un temeroso y mojigato Spielbert… La vida al límite, el talento y el consumo desenfrenado de drogas y mujeres de Bert Schneider y Bob Rafelson.

O cómo Tiburón cambió la manera de publicitar el cine, insertando pequeños anuncios en televisión, un medio que el Viejo Hollywood entendió como enemigo hasta que llegó Spielbert, aquel niño que ceceaba y vivió una adolescencia de erizo, pegado precisamente a la tele, hasta que se convirtió en el niño prodigio de Hollywood (y como Lucas y su Guerra terminaron de ahogar para siempre el cine de autor).

El despiadado e insoportable Robert Altman, el talento y magnetismo de un actor, productor y director como Warren Beatty, los claroscuros y el carácter difícil de Friedkin, la durísima historia de un genio como Hal Ashby y el metafórico final de Easy Ryder, cuando cuando Wyatt (Peter Fonda) le dice a Billy (Hopper): “La hemos cagado” y que, lo indica Biskind al final de Moteros tranquilos, toros salvajes, “no se equivocó, aunque tendrían que pasar más de diez años para comprobarlo. Dennis Hopper y Peter Fonda habían creado un himno para una generación, pero también habían imaginado su apocalíptica destrucción, y muchos de los directores de la década hicieron todo lo posible por emularlos. Como Billy y Wyart, la cagaron“.

Es morboso, documentado e imprescindible“, dice Carlos Boyero sobre este libro y no puedo estar más de acuerdo. Un libro extraordinario que llegó a mis manos gracias a Yondas y Rebeca y que se ha convertido ya en una de las joyas de mi pequeña biblioteca. He tardado mucho en leerlo y, por tanto, en poder publicar en el blog, pero sinceramente creo que ha merecido la pena. Vuelvo al comienzo: Moteros tranquilos, toros salvajes es un libro que si te gusta el cine tienes que haber leído porque yo ahora, aparte de leer, también tendré que ver todas esas películas que cambiaron el cine y que aún no había visto. ¡Gracias Biskind por esa obra de arte!

 Te gustará si: Eres cinéfilo. Obligada lectura.

No te gustará si: Quien espera una novela. Este es un libro de consulta, para leer con todos los sentidos puestos sobre sus páginas.

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