Route 66: mi sueño, mi pasión

Route 66, mi sueño, mi pasión by lakriticona     

“La autovía 66 fue la primera ruta en llegar al corazón de todos los norteamericanos”

 

Si vas a hacer la Ruta 66 puedes comprar ‘Route 66′ en este enlace de La Casa del Libro

Lo primero, disculpas por estas tres semanas en blanco. Esta es la razón por la cual no he podido actualizar ni siquiera el Slide del blog: la Ruta 66. Al regresar, no podía más que dedicar la primera entrada al libro que ha sido mi guía y mi biblia estos 16 días en Estados Unidos: Route 66: mi sueño, mi pasión, de Víctor Muntané Pavillard. Sin él hubiera estado perdida, mientras atravesaba Norteamérica por esta carretera que la cruza de Chicago a Los Ángeles, en 2.448 millas (3.945 kilómetros) y siete estados, llena de historia y aventuras. Por eso, si vas a hacer la Ruta 66, o sueñas con hacerla algún día, este libro debe ser un must (imprescindible) en tu maleta. Sí o sí.

Cuando yo empecé a preparar el viaje, lo primero que hice fue acudir a Internet. Busqué en blogs qué debía ver, en qué consistía hacer la Ruta 66, porque recorrerla es conocer a sus gentes, parar por el camino, ver esos sitios, gasolineras y diner (restaurantes prefabricados a pie de carretera en Estados Unidos) que la han mitificado, no llegar rápido a los destinos. Pero claro: yo no tenía ni idea de cuáles debían ser mis paradas y me agobié. Encontraba demasiada información. Mucha y desordenada. Veía fotos y fotos, siempre las mismas fotos, en todas partes, pero no entendía. El día antes de irme, por la mañana, fui a La casa del libro a comprarme un mapa de carreteras de USA, por si fallaba el GPS o vete tú a saber qué. Allí, el chico que me atendió, cuando le conté que iba a hacer la Ruta, me dijo: “Hay un libro muy interesante que te puede valer de guía. Se llama Route 66 o algo así, búscalo en la planta baja. Tiene fotos, direcciones y la travesía explicada paso a paso”. No hay Lonely Planet de la Ruta (la había antes, pero ya no), ni nada así, tipo guía. Y no lo dudé. Lo pedí y me lo compré.

Ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.

Porque Víctor Muntané desgrana paso a paso el viaje. Los lugares por los que pasas, los sitios en los que la carretera desaparece, aquello que no te puedes perder, las direcciones exactas, con sus fotos. Como un mapa gigante lleno de chinchetas. Puedes seguir sus recomendaciones o no (nunca está de más alguien que te muestre el camino de baldosas amarillas cuando no tienes ningún camino), pero yo os aseguro que en Route 66 está todo lo que tenéis que ver. El libro rezuma amor por esta carretera. Se nota que el autor la ha recorrido muchas veces y que la conoce bien. Supone, además, un homenaje a su mujer, Anuska, fallecida en 2009, que te pellizca el corazón. Pero Víctor ha logrado algo especial. Y es que, en parte, la ha convertido a ella tan eterna como esta carretera. La ves en muchos de los lugares por los que pasas. Por las fotos. En las historias que él te cuenta.

Yo, mientras viajaba, pensé en hacer esta entrada especial que resumiera mi Ruta 66 a partir del libro de Víctor Muntané como una mini-guía, para intentar orientar, o ayudar, o lo que sea, a todas aquellas personas que lleguen hasta aquí buscando cosas que ver o cómo preparar su viaje. La entrada, sin su libro, no tendrá ningún valor, porque él, que ha hecho la Ruta más de 30 veces, sabe orientar en qué tramos se debe recorrerla, en cuáles no y hasta en qué gasolineras hay que echar combustible antes de viajar al Gran Cañón. Su libro es mil veces mejor que la mejor Lonely Planet. Eso sí, sólo me queda un último consejo: tampoco nos hagais demasiado caso. Ni a Víctor ni a mí. Esto, o su libro, son sólo recomendaciones, pero lo más importante es que, a partir de ellas, cada persona viva su propia Ruta 66. Porque no hay dos caminos iguales. Los diferencian toda esa gente que los llenarán mientras se hacen (¡va por ustedes, Ricco!). Enjoy América! Lo escucharás a menudo si haces la Ruta. Haz caso.

   

Te gustará: Es un imprescindible si vas a hacer la Ruta 66.

No te gustará: Las páginas comenzaron a arrancarse del libro en cuanto lo abrí. Tiene un problema de pegamento grave. Termina destrozado. Si hay próximas ediciones deberían cuidar eso.

    

        

Hay cuatro cosas que alguien que vaya a hacer la Ruta 66 debe saber antes de partir:

1) En los cruces, tu semáforo no está encima (como en España), sino en la calle justo de enfrente.

2) El sistema de parquímetros es singular. Cada plaza, delante, tiene un pequeño aparato gris que es donde se debe introducir el dinero. Esto es lo que el conductor se encuentra en la mayoría de los casos (cuando se puede aparcar en la calle, porque en ciudades como Chicago eso es prácticamente imposible; allí es o párking o nada). Cuando hay parquímetros como en España, uno debe fijarse en el número de plaza que hay pintado en la acera e introducirlo con la matrícula para hacer el trámite. Parece una tontería, pero sobre todo en el tema del primer aparato, como no haya nadie que te lo explique, puedes meter la pata: no pagar porque no sabes cómo (y te multan, vaya si lo hacen) o meter (como me pasó a mí) el dinero en el aparatito de otra persona.

3) La mejor hamburguesa de toda la ruta es la del Rock Café (Stroud, Oklahoma). Bue-ní-si-ma. Tiene una, por diez dólares, de carne de búfalo donde manda eso, la carne. Pan, hamburguesa y, si eso, queso. Si no queréis pasaros todo el viaje comiendo hamburguesas, reservaos para ésta. Merece la pena. La segunda mejor es la del Lucille (Hydro, Oklahoma). Su ensalada César con el pollo marinado es la más buena que yo jamás comí.

4) Es muy díficil estar quince días en América y no engordar. ¡Allí no saben qué es tomar un café con leche normal y corriente! A todo le echan crema, azucar, endulcorantes… (y creo que eso les engorda más que las raciones gigantescas). Aunque, y eso se nota, Estados Unidos se ha puesto a dieta (y ya no se ve tanta gente obesa por las calles). Pero aún queda. Hay varias cadenas de comida rápida en esa línea (la sana): el Wendy’s (de ensaladas), Chipotle (de comida mexicana y colas de horas, sobre todo en Las Vegas) o Panda Express (mezcla de comida china y mexicana que, a mí, particularmente, me gustó mucho).

Día 1. Chicago

Buckingham Fontain/ Cartel inicio Ruta 66/ The Bean/ Willis Tower/ Navy Pier

Chicago. De aquí parte la Ruta 66. Más concretamente de un cartel de la Adams Street (número 77, foto imprescindible para todos los ruteros). Esta es una ciudad que te enamora, con los rascacielos de Nueva York pero más encanto. Un incendio la arrasó en 1871 y, para reconstruirla, se convocó un concurso de arquitectos que la levantó y le dio ese aire ecléctico, de mezcla de cristal, barroco y edificios que la hace tan especial. Hay muchas cosas que ver: las playas artificiales del Lago Michigan (muy logradas: la más cerca del centro es la que está al final de la Ohio St., muy agradable). Su puerto, Navy Pier (600 East Grand Avenue), con la noria, los fuegos artificiales nocturnos y el paseo; una delicia, con mucha personalidad y encanto. Algo que también tiene el Millenium Park (201 E Randolph St), con la alubia gigante (The Bean, es-pec-ta-cu-lar) y las fuentes de Crown y Buckingham (preciosa). Chicago tiene dos rascacielos: la Torre Hancock (875 N Michigan Ave, con un restaurante-bar arriba al que subir es gratis) y la Willis Tower (233 S Wacker Dr, cercana a Millenium Park): cuesta 18 dólares pero merece la pena sólo por la foto en uno de los miradores que tiene en el piso 103, con el suelo de cristal, que te da la sensación de estar suspendido en el aire (da vértigo, merece la pena). Para comprar, todas las tiendas están en Michigan Avenue (o también llamada Magnificent Mile) y, para comer, allí es archifamosa su deep dish pizza (es decir, con fondo y mucho, mucho queso): uno de los sitios más famosos es el Giordano’s (uno está en el 730 de North Rush Street, cerquita de la calle de las tiendas). Para escuchar Jazz, se puede ir al Andy’s (11 E Hubbard St) y la foto más bonita del Sky Line de la ciudad se hace desde el Planetarium (más allá de Millenium Park, Museum Campus, 1300 S Lake Shore). Otros musts son el restaurante Lou Mitchell’s (565 W Jackson Blvd), sitio mítico, abierto desde 1923 (pedid tortilla rellena, son ocho o diez dólares no recuerdo, y con una comen dos españoles) y The Berghoff (17 West Adams St), el primer lugar de venta de alcohol en la ciudad. Para comer o cenar también podréis ir a un japonés, el Gyu-Kaku, (210 E Ohio Street) que a mí particularmente me fascinó: tú mismo te preparas la carne en la parrilla. Hay colas de 45 minutos, pero merece la pena esperar (puedes hacerlo en el bar del mismo restaurante). En su carta hay un aperitivo, el Steadmed Chilo Dumplings (pica un poco), que está delicioso.

Día 2. Chicago-Sprinfield (Ilinois)

Gemini Giant/ Pintada Ruta 66 en Odell/ Pontiac/ Mural en Pontiac/ Gigante de Atlanta

Comienza la Ruta. Primera etapa: de Chicago a Springfield, Illinois, (hay más de 40 en USA) Entre estas dos ciudades del estado de Illinois hay unos 350 kilómetros y, por el cristal, se ven paisajes que recuerdan a la película de Terciopelo Azul, de David Lynch. Se pasa por Joliet, Willmington, Braidwood, Dwight, Odell, Pontiac, Towanda, Normal, Bloominton, Atlanta, Broadwell y Williamsville. Lo que más me gustó a mí fue el Gemini Giant (810 E. Baltimore, Willmington); la mítica gasolinera de Odell (400 S. West St.&Deer St, aunque al GPS le cuesta encontrarla: es la primera y merece la pena, luego terminas un poco harto, porque siempre es lo mismo) y el Hall of Fame y museo militar de Pontiac (110, W Howard St.). Este pueblo es, quizá, el que más me gustó de la Ruta. El que más encanto tiene, con decenas de murales en sus paredes (muy cuidados) y un restaurante con una dueña entrañable, The Old Log Cabin (18.700, Old Route 66, esa es su dirección pero al GPS le cuesta horrores encontrarlo) y una ensalada de pollo y fresa que está bastante buena. En Normal se pueden encontrar tramos de la Ruta 66 primigenia, cuarteados y llenos de maleza, que parecen supurar historia (“Jack Kerouac pasó por aquí”, pensaba yo al mirarlos). El Buyon Giant, de Atlanta, también es llamativo y hay una tienda de souvenirs al lado que merece la pena visitar. Su dueño es muy hablador y entrañable. Si queréis tomar una cerveza en este sitio podéis ir al pub de la casa azul situado al lado. El Springfield de Illinois también me gustó mucho, con su Old Capitol (5th & Adams Streets), el nuevo Capitol (301 S 2nd Street, arquitectónicamente me pareció inmenso, impresionante), la tumba de Lincoln (en el Oak Ridge Cemetery, 1441 Monument) y, sobre todo, su casa, conservada como cuando el presidente de los Estados Unidos vivía: situada en el 413 de South Eighth St. es gratuita y una visita obligada. Para comer, es recomendable el Chesapeake Seadfood House, un restaurante de pescado situado en el 3045 de Clear Lake Avenue. Eso sí, no pidáis nada fried. El frito de USA es como cemento y es una pena, porque el pescado de este lugar es fresco y bueno. Tienen grilled shrimp (langostino). Yo me quedé con ganas de probarlo.

 Día 3. Springfield (Illinois)-St. Louis

Lincoln House en Springfield/ Henry's Rabbit Ranch/ Old Chain of Rocks Bridge/ Gateway Arch de St. Louis/ Cardinals

Entre el Springfield de Illinois y St. Louis hay 155 kilómetros. O sea, es una etapa muy corta. Disfrutadla. Escasean (la foto de la casa de Lincoln la pongo aquí porque la vimos el día de esta etapa por la mañana, antes de partir: el anterior llegamos muy tarde a Springfield y ya estaba cerrada, lo hace a las 17:00h.). St. Louis es la ciudad más grande de Missouri y, aunque no haya demasiado que ver, sí es impresionante su Gateway Arch o la puerta hacia el Oeste (con 192 metros de altura). Cuesta subir 18 dólare, pero merece la pena. Se hace en unas pequeñas cápsulas de cuatro en cuatro y uno tiene la sensación de, casi, volar al espacio. St. Louis, además, es la cuna del béisbol y, si coincide que cuando paséis por allí, juegan los Cardinals es muy recomendable ir a un partido (Busch Stadium, 700 Clark Ave, la entrada más barata son unos 27 dólares). Aunque no se entienda nada de este deporte (la ciudad también tiene equipo de hockey hielo, NHL, los Blues) te dejarás llevar por la emoción general. Ese día mi cena fueron unos nachos completos (9 dólares) en el estadio. Con trozos gigantes de jalapeños que los convierten en un plato ultrapicante (a mí me encanta, pero puede ser demasiado fuerte para quien no esté acostumbrado a comerlos) y un pelín pesado por ese queso industrial que parece chicle. El Old Courthouse (11 North Fourth Street) al comienzo del National Park (también muy recomendable para pasear, con figuras muy chulas, lamparas LED y fuentes con el agua rosa), es bonito para hacer fotos. Entre medias de las dos ciudades, merece la pena parar en la Henry’s Rabbit Ranch (1107 Historic Old Route 66, Stauton; de souvenirs con un dueño majísimo y volcado con la Ruta) y en el Old Chain of Rocks Bridge (1082 River View Dr, Madison), un puente que separa los estados de Illinois y Missouri sobre el río Missisipi. Por el lado de Missouri el acceso está cerrado, pero se puede aparcar y hacer la foto. A mí fue el puente de todos los que vi que más me gustó. Poco antes de llegar a éste, debéis parar en el Luna Café (201 E Chain of Rocks Rd, Mitchell): uno de los bares más auténticos que yo me topé en la Ruta 66. Pasas diferentes puertas, con una sala destartalada y llena de polvo que parece un corral de antaño, para llegar a la estancia principal, llena de carteles y referencias a la Ruta 66. Su dueña es muy agradable y nosotros nos encontramos con varios lugareños cercanos y conversadores. Si te da la sed en el camino, esta es parada obligada. En USA saben servir cerveza. Siempre ultra fría.

Día 4. St. Louis-Springfield (Missouri)

Worlds largest Chair en Cuba/ fotos del exterior e interior del Devils Elbow/Bass Pro Shops Outdoor World de Springfield Missouri/Wallnut Street, downtown

De St. Louis al Springfield de Missouri hay 347 kilómetros y se pasa por St. Charles, St. Clair, Stanton, Cuba, Rolla, Dillon, Hooker, Lebanon, Phillisburg y Marshfield. El verde de la carretera sigue siendo exuberante, muy alejado de la imagen de esa Ruta 66 que uno tiene en la cabeza, una línea recta rodeada de desierto. En el camino, diversas paradas: las Meramec Caverns de Stanton (Interstatal 44, salida 230), unas cuevas de 45 kilómetros de estalactitas que yo no vi porque soy de León y visto Valporquero, visto todo, pero a mucha gente que hace este viaje le parecen una parada imprescindible; el pueblo de Cuba (pequeño y precioso, con sus murales, aunque con cierto aire de abandono que le imprime encanto: allí comed en el Cuba Bakery&Deli, 615 E Main St., un sanwich por dos dólares que estaba realmente bueno; tú eliges tus ingredientes en un papel y la dueña, vestida de mormona, creo, los hace delante de ti: le echan más de medio kilo de jamón york y los pepinillos en vinagre, picked, son pepinos, directamente, en agua y sal, si te gustan no lo dudes, cómelos), que presume de tener La Silla más grande del mundo (5957 Hwy ZZ, en una de las salidas de la carretera); el Devils Elbow (21050 Teardrop Road), un puente con un bar aledaño (el Elbow Inn Bar&BBQ) autentiquísimo, lleno de moteros bebiendo cerveza a las once de la mañana, el techo de sujetadores y las paredes de dólares pegados: un bar como esos que has visto en decenas de películas americanas. Tiene una terraza muy agradable aunque, para mí gusto, dentro huele un poco raro, a una mezcla extraña entre rancio y comida picante. Ese día el final del camino lo marca el Springfield de Missouri. Y cuando buscas sobre él, antes de partir, en ningún ningún sitio encuentras demasiadas cosas que ver. Pero es muy llamativa su tienda dedicada a la caza y la pesca (Bass Pro Shops Outdoor World, 1935 S. Cambell), la más grande del mundo, con osos, búfalos y leones disecados, cocodrilos vivos y una armería gigantesca. El downtown (Walnut Street), además, tiene encanto: yo llegué un sábado y habían puesto casetas de comida, música en directo y una cerveza tostada, Paul o algo así, que me resultó la más rica de América. 

Día 5. Springfield (Missouri)-Tulsa

Gasolinera de Gay Parita/ Red Oak II/ Los coches de Cars en Galena/ Totem de Foyil/ Centro del universo de Tulsa

Este trayecto son 292 kilómetros que transcurren por Avilla, Carthage, Galena, Riverton, Baxter Springs, Quapaw, Miami, Alton, Chelsea, Foyil, Claremore y Catoosa. Partes del estado de Missouri y pasas por el de Texas para terminar en el de Oklahoma. El verde sigue siendo casi pornográfico de la exuberancia que tiene. Las tormentas te persiguen. Se desatan de pronto. La lluvia cae del cielo con la fuerza de las piedras. Piensas que el día que el mundo se termine, seguramente las nubes tendrán ese color negruzco. El día comenzó con un disgusto. En el libro de Víctor, en los blogs, en cada cosa que leía sobre la Ruta 66 había subrayada una parada: la gasolinera de Gay Parita (21118, Old 66, Ash Grove), uno de los entusiastas de esta carretera cuyo lema era: “Vuestro sueño es hacer la Ruta, el mío: conoceros a todos los que la hacéis”. Al llegar, la verja estaba cerrada. No me extrañó: era domingo. Quizá estuviera en misa. Le escribí una carta saludándole y despidiéndole, con cariño y pena por no poder verle… De pronto, unos vecinos nos contaron que hacía un mes que había muerto. Y juro que una lágrima me rodó por la mejilla. De pronto, entendí las decenas de fotos, y camisetas, y candados. De pronto, supe por qué estaba cerrada la puerta de la gasolinera de Gay. Aún así dejé mi carta. Sé que las tormentas la habrá deshecho ya, pero no podía volver atrás a recogerla… Ay. En este trayecto es chulo de ver el Oak Red II (12266 Kafir Road, Carthage; un pueblo construido por un artista neoyorquino con restos de casas abandonadas), el Cafe on the Route de Baxter Spring (1101, Military Avenue), con una placa que cuenta que antes era un banco y fue el primero que Jasse James atracó); los coches en Galena que inspiraron la película de Cars (en el patio de la tienda de souvenirs Four Women on the Route 66, 119 North Main Street); el Coleman Theatre de Miami (103, N. Main), el totem índio más grande del mundo en Foyil (Totem Pole Park, Hwy 28A; un lugar que desprende mística, me encantó) y la ballena de Catoosa (2705, N. Hwy. 66; una de las más pintorescas del trayecto, no he puesto foto, pero hay decenas en la red). Tulsa, el destino, es uno de los sitios que más me gustó de la Ruta 66. Merece la pena ir al downtown y descubrir un sitio curiosísimo, del que yo jamás leí nada en ningún sitio: su Center ot the Universe (1st/Archer Street), un lugar muy peculiar: es un simple círculo en el suelo donde, si te pones sobre él y hablas, escucharás tu eco. Si das medio pasito a un lado u otro, adelante y/o atrás, no, pero ahí sí. Es curiosísimo. No le encuentras explicación. Toda la zona alrededor está llena de bares y paredes pintadas que desprenden vida y arte con un aire muy Inglaterra industrial. No me sorprendería que esas calles parieran a un gran artista pronto. Eso te cuentan. Eso transmite Tulsa, el lugar en el que más gente joven vi (y eso que era domingo-noche). Allí, en muchos sitios te recomiendan comer en el Tally’s Café, un sitio mítico de la Ruta 66 (1102 S Yale Ave), pero yo os digo que no: visitadlo, sí, id y tomad un café, pero no hamburguesa, ésta no tiene nada especial. Yo en Tulsa cenaría en un mexicano (El Guapo’s Cantina, 332 E 1st St), que además está en el centro y desde su terraza tienes una panorámica del downtown. Los margarita con ice (si los pedís fridge os los servirán granizados) están espectaculares. Y los nachos que te ponen para acompañar, gratis, también. 

Día 6. Tulsa-Oklahoma

Ruta 66/ Dos fotos de la casa de John Hargrove en Arcadia/ El Brightwon de Oklahoma/ Memorial Park

La distancia entre Tulsa y Oklahoma City son apenas 172 kilómetros. Y el dato es importante, porque será el último trayecto corto del viaje (al menos del que yo hice). Se pasa por Sapulpo, Stroud, Chandler y Arcadia. El paisaje empieza a cambiar. De ese verde salvaje, exuberante y casi insultante, provocador, comienzas a ver las primeras calvas, los primeros cultivos de secano (trigo), como una primera arruga, que ahí esta, ahí te avisa de lo que esta por venir (Arizona y su desierto). Al poco de salir nos toparemos con el Rock Café (114 W Main St, Stroud, la mejor hamburguesa de la Ruta 66 para mí). Merece la pena detenerse en el Museo de la Ruta 66 en Chandler (400, E. Route 66) y en Arcadia: allí vive John Hargrove (13441 E Hwy 66), un hombre que era piloto y lo abandonó todo por su pasión por esta carretera. En su patio hay réplicas de todos los lugares que uno se va encontrando en el camino. Está la ballena, el parque de botellas, los moteles… ¡Tiene hasta un coche que imita al de la película Herbie, empotrado en una de las paredes de la casa! Él es muy, muy simpático y hospitalario. Si llegáis y está cerrado llamad a un timbre que hay en la verja, a la izquierda. Un poco más adelante está el Granero circular (Round Barn, 107 E. Highway 66, muy llamativo y peculiar, que se puede visitar de forma gratuita) y, enfrente, al otro lado de la carretera, un puñado de casas que replican, perfectas, a las del Oeste en las películas. Oklahoma City es, quizá, la ciudad más extraña de este camino. Enorme, gigante en sus afueras y un downtown chiquito, recogido, sin gente por las calles a partir de las seis y avenidas enormes que separan. Es imprescindible visitar su Memorial Park (620 North Harvey Avenue), dedicado a las 168 personas que murieron en un atentado el 19 de abril de 1995 perpetrado por un veterano de la Guerra del Golfo (Timothy McVeigh). Es un lugar sobrecogedor: rodeado de una verja llena de peluches, notas, fotos y recuerdos, dentro, hay una pequeña piscina custodiada por dos puertas (y dos horas: las 09:01 y las 09:03) y 168 sillas que se iluminan de noche. Verlo de día impresiona. De noche es brutal. Lo mejor de la ciudad es el Bricktown (en el downtown) un paseo alrededor del canal con decenas de restaurantes y mucha vida. El mejor, un mexicano llamado Chelino’s (15 E California Ave). Las fajitas de pollo (que tiene un marinado especial, riquísimo) y langostinos están rebuenas. También es recomendable visitar el Museo Nacional del Cowboy (1700 NE 63rd St): cierra a las 17:00 y es bastante grande. Lo más espectacular es la sala en la que replica, a lo decorados de cine, los lugares más representativos del Oeste. Hay bares, bancos, cantinas, escuelas… Resulta muy curioso. Lo que más de todo el museo. 

Día 7. Oklahoma City-Amarillo

Lucille's/ Route 66 Museum/ Tower Conoco Station/ The Croos/ The Big Texan Steak Ranch

Dicen que no has hecho la Ruta 66 hasta que un Policía no te para en la carretera. A nosotros nos detuvo a la salida de Oklahoma, dirección Amarillo (418 kilómetros de distancia y pasas por Hydro, Clinton, Sayre, Erick, Shamrock, McLean, Alanreed, Jericho, Groom y Conway). Le mosqueaba nuestra matrícula Florida (debe ser extraña por allí). Y menos mal. Porque él nos recomendó Lucille (1501 North Airport Road, Weatherford). La hamburguesa, riquísima. Y la ensalada César, más. Miras la cuneta, disparada al otro lado del cristal y el paisaje es otro. La 66 es distinta. El verde ya no es (casi) obsceno. Poco a poco va ganando el amarillo. Las calvas. La tierra marrón emerge, pide turno. Merece la pena en el Oklahomoa Route 66 Museum (229 West Gary Boulevard), en Erick (un pequeño pueblo casi abandonado donde lo más curioso es el City Meat Market, el edificio más antiguo del pueblo que nosotros encontramos cerrado, y la placa a Will Rogers, el cómico-artista gurú de la Ruta 66, que despide el estado). Oklahoma queda en el retrovisor, atrás, entras en Texas. En Shamrock merece la pena detenerse en la Tower Conoco Station (Main Street), que sale en la película de Cars, y en su torre de depósito de agua (la más alta de Texas). En la salida 124 de la carretera está el depósito de agua inclinado y en Groom, The Cross (I. 40-Route 66), con una cruz gigante, blanca, y decenas de escenas de la pasión de Cristo a tamaño natural que te dejan anonadado. En Amarillo no hay mucho que ver, pero es pecado no cenar en The big texan Steak Ranch (7000-7701, I. 40, East): o sea, la carne es la más rica que yo jamás probé en mi vida. Pedimos el filete de 12 onzas y en tu hotel llaman directamente al restaurante y te viene a recoger una limusina que después te devuelve (antes de las 23:00), de forma gratuita, sólo has de pagarle la propina al conductor. Recordaré toda mi vida ese filete (¡ah!, y si hay alguien capaz de comerse uno de dos kilos, éste te saldrá gratis: te sentarás en el centro del restaurante, como en un escenario con marcador de tiempo y todo. Cuando nosotros estuvimos, el chico que lo intentó no lo logró).

Día 8. Amarillo-Albuquerque

Cadillac Ranch/ Midpoint/ Tee Pee Curios/ Santa Fe/ Lowe's Super Market de Tucumcari

Esta es la etapa en la que se llega a la mitad del trayecto. A ese punto en el que Chicago queda tan lejos como lo está Los Ángeles. Y, por lo menos en mi Ruta 66, comienzan las etapas larguísimas. Los Barcelona-Cádiz cada día. Y el desierto. Adiós al verde. Pasas por Adrian, Tucumcari, Santa Rosa, Dilia, Bernal, San José, Rowe y Santa Fe, si te desvías. Lo que ves son pueblos derretidos por el calor, semiabandonados. Ahora la 66 ya se parece a la carretera en tu cabeza. Planicies infinitas, montañas rocosas, arbustos bajos. Recuerda un poco a los Monegros o a los pueblos de los tebeos de Lucky Luke, pero a lo grande, como todo en América, Coca-Cola, hamburguesas y raciones. Yo recomendaría que, si podéis, hagáis alguna parada intermedia para dormir porque esta etapa y la siguiente resultan pesadísimas, agotadoras. Ya no te emocionan ni los murales ni las viejas gasolineras. Sólo quieres llegar a tu destino, pegarte una ducha y dormir hasta el día siguiente. Entre Amarillo y Albuquerque hay 459 kilómetros a los que se suman otros 60 si uno se desvía a Santa Fe (la ciudad capital más antigua de EE UU). Cuando uno pasa la frontera de Nuevo México, cambia la hora, es una menos, y hay varias paradas imprescindibles: la primera nada más salir de Amarillo, el Cadillac Ranch (Interstate 40 Frontage Road), con doce de estos coches semienterrados en la tierra y pintorrajeados de graffitis que son como un grito… o una bofetada. Parada obligada. Al igual que la siguiente, en Adrian, un pequeño pueblo donde se encuentra el punto medio de la Ruta 66 (Midpoint). Hay un cartel (de foto, claro): si uno transita por la Ruta 66 se lo encuentra; si va por la Interestatal 40, hay que salir en la 22. En Tucumcari está uno murales más grandes de la Ruta: el Lowe’s Super Market, Route 66 con 2nd Street, una tienda típica de souvenir con forma de tienda india, el Tee Pee Curios (924, E Tucumcari Blvd) y varios moteles abandonados con encanto. En Santa Rosa hay un sitio muy llamativo: el Blue Hole (1085 Blue Hole Rd), manantial natural no demasiado grande, apenas 24 metros, con una profundidad de más de cien conocido por todos los submarinistas de América. Impresionante. Y bonito. Del azul de los ojos de Sara Carbonero. Bañarse cuesta cinco dólares (o diez, no estoy segura) y, si se puede, es buena opción para combatir el calor infernal que se respira en todo Nuevo México. En Santa Fe te topas con una arquitectura que no has visto ni volverás a ver en todo el camino. Muy ibizenca, pero en tonos marrón. Son curiosas su Catedral de San Francisco de Assisi (131 Cathedral Place, con una santa negra en su jardín delantero), el New Mexico History Museum (113 Lincoln Avenue) y su plaza (Santa Fe Plaza National Historic Landmark). Albuquerque, ciudad del protagonista de Breaking Bad, sin embargo, me pareció el lugar más insulso de todo el viaje. No llegué a comprender demasiado su downtown. Una larga calle con restaurantes y nada más. Cenamos en el 66 Diner, otro sitio de hamburguesas muy famoso de la Ruta (1405 Central Ave NE) que en realidad es como todos los demás. Sin más. 

Día 9. Albuquerque-Flagstaff

El Rancho Hotel de Gallup/ Bosque petrificado/ Jack Rabbit Traiding Post/ Meteorito de Winslow/ Calle de Flagstaff

Entre Albuquerque y Flagstaff hay 523 kilómetros. Es una de las etapas más largas y duras del viaje que transcurre entre Mesita, Grants, Gallup, Lupton (ya en el estado de Arizona, donde vuelve a cambiar la hora, otra menos), Sanders, Hollbrook, Joseph City y Winslow. En Gallup está el Hotel Rancho (1000 E Hwy 66) con huéspedes históricos como Ronald Reagan, y rebasado Sanders, en la salida 311 de la I-40, el Petrified Forest National Park, un parque cuya curiosidad son los árboles petrificados (madera convertida en piedra, Agate Bridge y Crystal Forest son los tramos más bonitos) y las vistas del desierto (Tiponi y The Tepees, las más espectaculares). A mí particularmente se me hizo muy pesado. Doce de la mañana, con todo el sol del desierto en la cabeza, parando cada poco para ver lo mismo una y otra vez. Buf. Me hartó bastante. Cuesta 10 dólares entrar con un coche y, justo, cuando sales, no dejas de ver arbolitos de esos por todas partes (en ningún sitio tan cuidados y tantos como aquí, eso sí). Otra parada es el Jack Rabbit Traiding Post (3386, W Hwy 66), en una de las salidas de Joseph City, con un conejo gigante en la entrada muy-de-foto. En rojo está pintado Winslow. Uno de los sitios más curiosos de toda la travesía. Y lo es por dos razones: el Dominique’s on the corner (100, E Second Street), con la escultura Standing on the corner, tributo a la canción de los Eagles Take it easy, ante un gran cartel de la Ruta 66 Arizona en el suelo, y el gigantesco cráter de un meteorito que impactó en la tierra hace 50.000 años y que resulta sobrecogedor (I-40, salida 233). Verlo cuesta 15 euros y es una de las visitas más impactantes de todo el viaje. Igual que Flagstaff, ciudad, con Tulsa, que más vida inspira su downtown (1 East Route 66, cuidado, bajan bastante las temperaturas, imprescindible una chaqueta). Es muy chiquito, pero está lleno de restaurantes, música en directo, bares, gente joven, terrazas…  Y aquí debéis comer en Pato Thai Cuisine (104 N San Francisco St, en el corazón del downtown). Pedid ensalada de langostinos al grill y Thai Pato (noddles). Las raciones son enormes y están riquisísísísímas. Fue una recomendación de la recepcionista del hotel. Su restaurante favorito en la ciudad, nos dijo. No me extraña.  

Día 10. Flagstaff-Las Vegas

El Gran Cañón/ The Rusty Bolt en Seligman/ Las Vegas/ Hotel Venetian/ Entrada a Freemont Street

Otra paliza de kilómetros. La penúltima. Flagstaff está a 127 del Gran Cañón y por eso decidimos ir desde allí y no ir a Las Vegas (250 kilómetros) para luego volver a atrás y verlo. Desde Flagstaff se llega al centro de visitantes Grand Cañón West. Lo ideal es contratar, desde España antes de viajar o en el mismo hotel, una excursión para recorrer sus tripas en helicóptero o avioneta (nos dijeron que costaba 300 dólares por persona). A mí me da bastante miedo volar y con verlo desde los miradores me bastaba. Es uno de esos lugares que te dejan, simplemente, sin palabras. Paseamos durante una hora y media por sus bordes, admirándolo, y después volvimos a la carretera dirección Williams (105 kilómetros) y de ahí, a Las Vegas (340 kilómetros). Se pasa por Ash Fork, Seligman, Peach Springs, Valentina, Halkberry y Kingman. Williams es un pueblo con mucho encanto. Merece una parada. Con bullicio y restaurantes. En su libro, Víctor recomienda un restaurante, el Rod’s Steak House (301, E Route 66), que yo me quedé con ganas de probar por sus referencias. También resulta llamativa la fachada de la tienda The Rusty Bolt (115, E. Route 66), en Seligman, con figuras de Elvis y otros famosos. Después, reconozco, hicimos carretera y manta hacia Las Vegas. Sin paradas. Estábamos agotados y sólo nos apetecía llegar. Las Vegas no forma parte del recorrido de la Ruta 66. Pero es pecado pasar al lado y no desviarte si no la conoces. Todo el mundo te lo dice, sí: en realidad son dos calles. Y neones, postín, derroche… Pero también la ciudad más libre de Estados Unidos. Es curioso lo de poder fumar, y beber, en los casinos en un país en el que no se puede fumar si quiera en una terraza en la calle. Y la gente va vestida como quiere, casi desnuda, incluso. ¿Y qué? Eso me encanta de Las Vegas. La avenida de los casinos, The Strip o Las Vegas Boulevard, es larguísima e imposible de recorrer a las tres de la tarde, cuando el sol cae sobre ti como una manta. Los más famosos son el Luxor (con las pirámides como temática), el de Nueva York (muy logrado, con la estatua de la Libertad, el Empire y hasta el Puente de Brookling, tiene una montaña rusa por dentro, roller, que cuesta 16 dólares por persona y, aunque cara, merece la pena), el MGM (el del boxeo), el París (con la Torre Effiel y una representación de las calles de París en su interior bastante fidedigna), el Bellagio (con el espectáculo de sus fuentes que bailan al son de Frank Sinatra cada media hora, gratis), el Mirage (con la simulación de la explosión de un volcáncomo atracción, también gratuita), Caesar Palace (para mí el más espectacular, con un centro comercial en su interior, hay de todo: Victoria’s Secret, MAC, H&M, Louboutin…, y la representación de las calles de Roma o la ciudad perdida de Atlátida, con cielos que simulan ser el del verdad) o el Venetian (con sus góndolas, las calles de Venecia y la Capilla Sixtina representadas también muy reales: eso sí, no nos montamos en las primeras porque pagar 29 dólares por persona por una vuelta en ellas me parecía un robo). Y es que Las Vegas es una ciudad carísima. De esas en las que cobran 19 dólares por dos trozos de pizza o diez por tres botellas pequeñas de agua (en el ABC Store, al estilo de las tiendas 24 horas españolas, venden las de un litro a un dolar, hay uno cerca del MGM). Tampoco subí al mirador (2310 S Las Vegas Blvd), que promete vistas espectaculares de la ciudad y sus neones, y las tendrá, pero yo con verla desde lo alto de la montaña rusa de NYC me sobra: pagar otros 29 dólares, por persona, me parecía también excesivo. Para comprar puede hacer en los outlet a las afueras (donde de hecho está la gente a las tres de la tarde huyendo del calor), como el Las Vegas North Premium, 875 S Grand Central Pkwy, relativamente cerca de la Fremont Street, su downtown, y me detengo aquí, porque la Fremont Street es esa calle que, si se pasa una noche en Las Vegas, se ha de visitar (incluso antes que The Strip): techada con una cúpula de neón, por la noche, su cielo es publicidad, colores, fotos. Hay música en directo, los primeros casinos y precios más razonables. Las Vegas nacieron aquí y esta calle aún guarda ese toque auténtico que le falta al resto de la ciudad. ¡Ah! Y si uno se quiere casar puede hacerlo en Little White Chapel (1301, Boulevard South), siempre recordando que, lo que pasa en Las Vegas, no siempre se queda sólo allí…

Día 11. Las Vegas-Los Ángeles

Hollywood Sign/ Rodeo Drive/ Teatro Chino/ Playa de Venice/ Cartel del final de la Ruta 66 en Santa Monica PierÚltimo trayecto antes de terminar este viaje en la orilla del Océano Pacífico. Hay 426 kilómetros y si en el GPS se introduce Calico se regresará a la Ruta 66 sin tener que conducir mucho más de la cuenta (Víctor explica muy bien los pasos en su libro). Se pasará por Yermo, Barstow, Lenwood, Oro Grande, Victorville y San Bernarbino y gran parte del camino transcurre en el desierto de Mojave (escenario del libro Dioses sin hombres), donde no es extraño ver pequeños, e inofensivos en su mayoría, tornados. Hay varias paradas curiosas: el Calico Ghost Town (36600 Ghost Town Road Yermo, Calico), un pueblo que se mantiene como en 1881, cuando se fundó alrededor de los yacimientos de oro y plata; el primer dinner Peggy Sue`s (I-15&Ghost Town Road) o el parque de botellas Bottle Tree Ranch (24266 National Trails Hwy, Oro Grande). Ya en Los Ángeles hay varias cosas que ver: la playa de Santa Mónica, o la de Los Vigilantes de la Playa (Ocean Avenue con 1nd Street; si al GPS no le da la gana de encontrarla, como al mío, otra dirección válida para llegar al Santa Mónica Pier puede ser Pico Bvld), o la de Venice (W Washington Blvd), para el recepcionista de mi hotel “de hippies” y para mí con mucho más encanto que la primera. En Santa Mónica se agolpan los coches y la gente. En Venice hay más libertad y menos artificio. Como si fuera más amplia, más auténtica, más de verdad. Los bares y restaurantes de Washington Blvd. (justo enfrente de su muelle) tienen mucha vida durante todo el día. Pero, ojo por la noche, no os vayáis hacia la derecha (con el mar enfrente), puede ser peligroso andar por allí más allá de las 22:00 horas (en Washington sí podréis estar, sin problema). No pasé demasiados tiempo en Los Ángeles como para poder descubrirla, pero algunos de sus imprescindibles son el Hollywood Blvd (o Paseo de la Fama), con sus más de dos mil estrellas dedicadas a personalidades de la música, el cine o la televisión (ay, qué ilusión te hace cuando te topas con la de alguien que admiras); el Grauman’s Chinese Theatre (6925 Hollywood Blvd), con la huella y las manos de tus actores favoritos inmortalizadas para siempre en el cemento (al lado hay un centro comercial inmenso en el que se puede ir de shopping); el Universal Studios Hollywood (100 Universal City Plaza), un parque de atracciones que, dicen, te lleva un día entero recorrerlo, cuesta 84 dólares (he leído por ahí) y tiene como signo distintivo escenarios reales de películas (la casa de Psicosis, Jurassic Park…), Rodeo Drive, la calle de las tiendas de Pretty Woman, donde están algunas de las más caras del mundo (el triángulo mágico está entre Wildshire Boulevard y Santa Monica Boulevard) o la Calle Olvera, que es como si hubieran arrancado un trocito de México para ponerlo ahí (turístico, sí, pero sorprende; recomiendo comer en La noche buena, 8 Olvera St, había leído que es comida mexicana de verdad, y eso es cierto). Otro de los reclamos de Hollywood son sus letras en la colina (signs): las hemos visto en decenas de películas y el mejor sitio para hacer la foto (sin edificios detrás y sin tener que acercarte más, que creo que está difícil y además no se puede) es 3204 Canyon Lake Drive. Y, aunque yo te recomiendo que sea lo primero que hagas al entrar en Los Ángeles, lo último es, claro, buscar el cartel que finaliza la Ruta 66. Hay dos: el oficial en sí, en el Palisades Park (paseo marítimo de la playa de Santa Mónica, 1400, Ocean Avenue), con una placa en hornor a Will Rogers que marca su final (o principio), y otro, el más turístico, muy cerquita de este primero, en el Santa Mónica Pier, con su noria, restaurantes y atracciones (como el Navy Pier de Chicago, pero sin su encanto). Allí caminad hasta el final del muelle. Os toparéis con la última tienda de souvenirs de la Ruta 66 (compradlos en las etapas intermedias, cotejad precios, veréis cuánta diferencia: imanes que en algunos sitios te cuestan dos dólares en otros suponen siete) y entenderéis esas palabras que dice el cartel de la Ruta 66 (el turístico, situado al comienzo del puerto, casi enfrente de la entrada a la noria), ese End of the trail, que te alivia y a la vez te apena…, y que te susurra muchas cosas cuando miras delante y ya no ves asfalto, sino mar; con el Pacífico a tus pies, después de tanto.


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4 Comments

  1. INCREIBLE. Sin palabras.

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