Si esto es un hombre

Si esto es un hombre, by lakriticona  

“Habían cerrado las puertas enseguida. Nos habíamos enterado con alivio de nuestro destino. Auschwitz: un nombre carente de cualquier significado pero que tenía que corresponder a un lugar de este mundo”

  

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Hace años que un amigo me recomendó leer a Primo Levi, superviviente de Auschwitz. La recomendación quedó en el fondo de mi cabeza. Y la fueron cubriendo otras. Hasta aquel domingo por la mañana. Salía del Centro de Exposiciones de Arte Canal y me abalancé sobre los títulos que vendían, todos alrededor de la exposición que acababa de ver: la Auschwitz en Madrid. Esa misma tarde lo empecé. Al día siguiente lo terminé. Leía con las imágenes de lo que acababa de ver aún en mi piel, mientras él me las ponía en contexto. Aquella verja de espino, tan sola, bajo los focos, lo que significaba. Fauces de espino. Tanta barbarie. Volví a leer el título que llevaba en la mano. Si esto es un hombre. Lo entendí, o me acerqué, por completo no podrá hacerlo nadie que no vivió aquello, el horror infinito, ese horror llamado Auschwitz. Alguien como quien firma. Primo Levi.

Es imposible hacerlo. Pienso en esa maqueta blanca. La que contaba cuánto de grande era Auschwitz. No doy crédito. A mis ojos sólo vienen esa primera hilera de barracones, los que se presentan después de esa frase: El trabajo te hará libre. La presentación del infierno. O no. Eso suena a lugar común. A algo a lo que se sobrevive. La presentación de un ataud. Sí, eso encaja mejor. Un lugar donde yacer. Primo Levi lo desarrolla en su libro. Cada frase quema. Y lo hace porque sabes que eso que lees no es ficción, que eso que lees es real, que pasó, y te horroriza. Que el ser humano sea capaz de algo así. De esa falta de escrúpulos, de esa falta de humanidad, de tanta maldad. Primo Levi era un italiano más, italiano de sangre judía. Un día lo apresaron en Fossoli, con 600 personas más. Sólo sobrevivieron tres. Él lo escribió.

“Para escribir este libro he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador: pensé que mi palabra resultaría tanto más creíble cuanto más objetiva y menos apasionada fuese; sólo así el testigo en un juicio cumple su función, que es la de preparar el terrero para el juez. Los jueces sois vosotros”

Los barracones. Dormir abrazado a unos zuecos, a una cuchara, a un plato, porque la barbarie lo llena todo. Hasta eso que son como tú como te despistes, te roban. Es la supervivencia. El pan como dinero. Los nombres que son números. Los hombres que pierden toda esperanza y a los que los demás llaman musulmanes: morirán pronto. Esos exámenes. Las filas (y cómo regresaron a mi cabeza leyendo Kanada). No saber en cuál estarás. La buena, la que te mantiene en vida, aunque sea en el infierno, o la otra, la que acaba en esas duchas de las que nadie vuelve. Todos hemos leído, visto, que fue Auswitch pero sólo leyendo a Primo Levi uno puede acercarse de verdad, un poco, pero acercar de verdad, al horror que fue. Si esto es un hombre. Ningún título podría resumirlo mejor. Porque eso que él cuenta no lo es. No puede ser, piensas. Pero es. Fue. Y eso es lo que quema.

Me impactó aquello. Lo de dormir abrazado a lo poco que tienes. Me impacto eso. Cómo le salvó la vida la enfermería. Cómo, cuando el campo cayó y los alemanes se fueron, los dejaron allí. Para que murieran de hambre. Cómo se fue la luz. Cómo se fue agotando la comida. Cómo aquellos que iniciaron La larga marcha iban felices, dejaban de leer esa frase, El trabajo te hará libre, parar morir de cansancio, para morir en cunetas, ajusticiados por las SS el simple placer de matar a un hombre como si fuera mosca. Joder. Cómo el ser humano es capaz de algo así. Joder, cómo. No puede haber respuesta. Porque la respuesta es Auswitchz y deja sin palabras.

“El campo de concentración es una gran máquina para convertirnos en animales”

Primo Levi las pone todas. Para que nadie olvide ese lugar al que, nunca, el mundo puede volver. Porque “entonces nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre”. Pues eso. Porque hubo una vez una ciudad que se llamaba Oswiecim donde la gente era feliz. Una ciudad de Polonia que a nadie le dice nada sino se llama como pasó a la historia por esos barracones construidos para los trabajadores y los que esperaban a coger esa línea de tren, que tanta riqueza llevó, que tanto dolor significa, Auschwitz.

 

Te gustará: Aunque te horrorice, aunque te dé asco llamarte a ti mismo ser humano.

No te gustará: No sé qué. Es uno de esos libros que hay que leer. Como el Convento Do Carmo en Lisboa, que sigue en pie para recordar aquel terremoto que asoló en 1755 la ciudad. Para que no se olvide. En el caso de Levi, para que no se repita. 

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