Últimas tardes con Teresa

Últimas tardes con Teresa lakriticona blog Juan Marse  
“Manolo la vio acercarse a él como si realmente fuese a su encuentro, buscándole sin conocerle, escribiendo su nombre a cada paso…”

   

Caminan lentamente sobre un lecho de confeti serpentinas (…), última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas)…“, así comienza Últimas tardes con Teresa. Leí esa frase y supe que esta novela me gustaría. Ya lo sabía antes de abrirla, de sentir el peso de sus páginas en mi manos. Era la última recomendación del librero de los Ojos Verdes. De hecho, acudí a su consulta aún aquejada de la gastroenteritis que me provocó Cuando las palomas cayeron del cielo, pidiendo cura, remedio, y me señaló sin duda esta novela de Juan Marsé. Una palabra, pijoaparte, fue su abracadabra: se esfumó la indigestión, volvieron las ganas. Su receta, una vez más, fue efectiva. La cura, perfecta.

Y es que Últimas tardes con Teresa me ha gustado mucho. Es un libro triste, tristísimo, como ese reguero de hojas muertas que deja el otoño sobre el asfalto y que hablan de un verano que se fue, de los sueños rotos que se quedaron atrás. Una sensación de nostalgia y abandono que también rezuma el confeti abandonado y pisoteado tras el fragor de una fiesta.

Sueños hechos trizas. Hojas (confeti) que sólo sirven para tres cosas: dar patadas, ensuciar y amontonar para la basura. Pues algo así, como esas hojas, era el amor de Teresa y el pijoaparte. Un amor condenado. Un último acto brillante antes de que baje el telón y los actores memoricen otros diálogos, otras historias y vidas y olviden ésta, este ardor de una piel febril y ajena en la propia, ese brazalete de dedos que aprieta una muñeca, el corazón, el poso, la huella que dejan para siempre los amores de verano, tan condenados como inolvidables, por perfectos, sin tiempo para pudrirse o estancarse, detenidos en ese ayer (un pasado que flota como la bruma sobre la ciudad en invierno) en el que sólo hay posibles y piel de gallina, pero tan inasible como el crepitar del fuego.

Pues de eso, de lo inasible del fuego de un amor de verano, trata esta novela profunda y bella. Un amor de 1966 que podría estar pasando ahora, perfectamente engarzado, con un lenguaje preciso y bello.

Nunca había leído a Juan Marsé. Me sonaba a naftalina, a antiguo. Cuando comencé a leer Últimas tardes con Teresa tenía resaca, eran las cuatro de la madrugada y me desveló uno de estos terribles ataques de insomnio que tengo de vez en cuando. Me puse a leer persiguiendo el sueño. Los libros son siempre mi mejor narcótico. Primera frase. Primer puñetazo. Segunda. Ojos como platos. Y de naftalina, claro, ni rastro.

Me sorprendió Marsé (¿por qué narices no he leído antes a Marsé?). Leí las ochenta primeras páginas sin pausa, del tirón. Me gustan los libros tristes, las cosas que duelen. No puedo evitarlo. Me remueven. Dejan en mi piel una marca que no se va ni con el tiempo. Y este es uno de esos libros, una historia tristísima de una Barcelona de contrastes. Esta él, el pijoaparte, ese personaje chulesco, lleno de sueños y ambiciones, guapo y carismático que se cree que el mundo puede domesticarse y que el elegido para hacerlo es él. Y está ella, Teresa, una joven universitaria en la España de los 70, cuando desde las universidades se podía cambiar el mundo, o al menos se intentaba. Ella, niña rica, consentida, con la ambición social como entretenimiento. Dos mundo antagónicos que jamás podrán estar en un mismo plano. Chocan. Pelean. Se aturden. Agua y aceite. ¿El nudo? Maruja, una criada tímida y vivida, que los une, pero también separa.

Qué triste es. Qué buena (la descripción de la llegada del pijoaparte a Barcelona es, simplemente, sublime, perfecta). Un clásico. Lees y piensas: “Nadie define como Marsé“. La mirada animal que en unos ojos cincela el hambre. Amor construido sobre un símbolo no alrededor de carne y hueso. La frivolidad de un mundo que domina el mundo. Coches nuevos. Tenis. Fiestas en áticos y un mojarse sí, pero sólo los pies. Las risas impostadas…

Eso jamás casará con la pobreza extrema.

Con los golpes, la sangre, la suciedad y los gritos. Y el pijoaparte que ya había creído una vez que podía volar, que podía crecer, pero sus sueños se esfumaron ya entonces (con esa caravana francesa que buscaba sólo el verano del sur) y volverán a hacerlo, porque la gente como el pijoaparte no puede volar, es como esas hojas que deja el otoño, como el confeti suelto, atado al suelo.

Ay, Marsé. Tan exacto, tan certero, tan cultivado, me has gustado, sí. Esta novela sobre la que pende el infortunio me ha parecido fantástica. Ella, él y este triste amor condenado. El choque brutal e inevitable al que están abocados esos dos mundo antagónicos y uno de sus personajes… Porque en realidad estas que cuenta la novela no son las últimas tardes con Teresa. Ni tampoco las primeras. Son las únicas.

Te gustará si: Es un libro bello, que cuenta una historia de amor frustrado y un retrato preciso. Juan Marsé, además, escribe con un academicismo exquisito.

No te gustará si: Quizá pueda resultarle aburrido a un lector que no muy leído. Para leer a Marsé, creo, que antes debes tener una buena base literaria, sino puede aburrirte.

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3 Comments

  1. También tengo que confesar que, pese a las recomendaciones, tampoco he leído a Marsé. Vista la crítica, no creo que tarde mucho en hacerlo. Quizá sea un gran descubrimiento.

  2. Mira, otra coincidencia: hace años que Marsé es parte de mi paisaje.

  3. Marsé es un maestro absoluto.

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