Voces de Chernóbil

Voces de Chernóbil by lakriticona

  

“¿A ver si sabes cuál es mi mayor deseo?/ ¿Cuál?/ Una muerte corriente y no como las de Chernóbil”

     

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Lo reconozco, siempre que llega el primer jueves de octubre me decepciono. Ese el día del anuncio del Premio Nobel de Literatura y, siempre, siempre, siempre, desde hace unos años, espero y deseo que el nombre que esconde el sobre sea el de mi escritor favorito: Milán Kundera. O, en su defecto, otro de mis favoritos: Haruki Murakami. Pero nunca, ningún octubre, dicen sus nombres. En Haruki tengo esperanzas, sé que algún día llegará, mientras sé que a Kundera le quedan ya pocos octubres… Este año volvió a pasarme lo mismo. Lo ganó Svetlana Alexievich. “Svetla.. ¿qué? ¿Quién es esa?”, me dije cuando escuché el nombre la Nobel. Era una completa desconocida para mí. Ni idea. Otra decepción. Otra más.

Sin embargo, pronto comencé a leer sobre ella y el rictus de la cara empezó a convertirse en asentimiento. Era periodista. Y periodista de las de verdad. A lo Kapuściński, a lo Hemingway. De esos que van a un lugar, lo cuentan y lo dejan para la historia, para siempre. Una reportera, especie en extinción en este periodismo del siglo XXI basado en el yoísmo: yo, yo, yo y luego, si eso, aquello de lo que hablo. A la mañana siguiente, cuando fui corriendo a La Central para comprarme el libro ya estaba entregada a Svetlana. Y buscaba desesperada su libro sobre Chernóbil, ese por el que (en parte) le han dado el Nobel 2015.

“Tras los alambres de espino, sólo quedó la tierra.  Y las tumbas. Nuestro pasado. Nuestro gran país”

No lo tenían. Durante dos semanas, Voces de Chernóbil estuvo agotado en todas las librerías de Madrid. El día que al fin lo tuve entre mis manos comencé a leerlo al instante. Primera página, bofetada en la boca del estómago. Segunda, cuchillada. Primeras diez y llorera incontenible. Qué libro. De verdad. Creo que tardaré muchos años en leer algo así. Es la verdad descarnada, sin filtros, sin cursilerías, sin máscaras. Svetlana sólo pone la grabadora y después transcribe lo que tantos y tantos supervivientes de Chernobil le contaron. Ay. Qué duro.

Chernobil. La primera vez que escuché hablar de la central nuclear tendría unos siete años, creo. Había pasado uno desde que el reactor había estallado (fue el 26 de abril de 1986) y leí un reportaje en una revista (El País Semanal, creo) donde se iba contando sus secuelas a través de las fotos de los lugares que la gente que allí vivía y que jamás regresará. Aquello me impactó tanto…, pero tanto, que desde entonces (creo) los lugares abandonados se convirtieron para mí en una obsesión. Hoy, gracias a Svetlana, he conseguido ponerle voz a esas fotos que aún guardo nítidas en mi memoria. Esa clase con los pupitres vacíos y decenas de tizas por el suelo. Esa noria oxidada, detenida en el tiempo. Esos edificios de ventanas negras. Esa maleza que crece y crece, salvaje, sin control.

Voces de Chernóbil son decenas de relatos, algunos más cortos, otros más largos, aunque ninguno impacta como el primero. Lo leí y tuve que echar mano del bloc de notas de mi teléfono para escribir todo lo que me removía dentro. Escribí esto: “Joder. Tengo los ojos llenos de lágrimas y sólo llevo 39 páginas. 39, y ya no puedo dejar de leer. Esta es la historia de una mujer cuyo marido era bombero y fue de los primeros que acudió a Chernóbil a atajar el incendio. Incendio. Eso les dijeron. Simplemente. Nada de raciación ni ratios. Sólo incendio. Y allí se fueron. Sin traje especial, en camisa, a pelo. Quince días después ese hombre moría en un hospital de Moscú. En las últimas 48 horas de su vida los huesos de las manos se le habían separado de la piel y echaba pedacitos de pulmón por la boca. En las sábanas se le quedaban mechones de pelo, trozos de piel. Ella, su mujer, estaba embarazada de seis meses. Él nunca llegó a ver al bebé, pero le pidió que si era chica se llamara Natasha. Natasha se adelantó dos semanas y su madre tuvo que irla a parir en el hospital en que murió su padre. Nació con cirrosis, radiación en el corazón y una malformación congénita en el corazón. Vivió dos horas. Salvó a su madre”. Yo jamás lo había leído así. Y yo, después de leer este libro, jamás lo olvidaré. Es terrible. Pero lo peor no es su dureza. Lo peor es que lo que cuenta es todo verdad. Pasó. En Chernóbil. Pasó. En Fukushima aunque todavía nadie lo haya escrito o contado. Pasará en el próximo lugar donde explote otra central nuclear.

“Una mujer a la mañana siguiente de la catástrofe se fue a trabajar a un huerto cercano a la estación nuclear. Anduvo campo a través, por la hierba cubierta de rocío. Sus piernas parecen un cedazo, todas perforadas hasta las rodillas”

No tengo palabras para describir cuánto me impactó leer este capítulo, quizá el más duro de todo el libro. Pero tendrá que ser así. Te prepara para todo lo que viene después. Porque después viernen las historias de aquellos (los menos) que decidieron no marcharse, y de  los liquidadores, y de las mujeres de los pilotos que sobrevolaron la central para echar el hormigón sobre el sarcófago en los primeros días, y las de escritores, que trataron en vano de ponerle explicación a aquello que había pasado, y la de los científicos, los policías y físicos, y la de los niños. Voces que hablan de aquel día y de los siguientes, cuando los charcos se pusieron amarillos y los gorriones desaparecieron de los cielos, y de cómo los bosques siguieron creciendo tan bellos, salvajes, prohibidos, y de cómo la gente no entendía porque no podía beberse la leche de su vaca y de cómo había ancianas que ordeñaban bajo un plástico pensando que con eso bastaba, y de cómo la gente se preparaba para la guerra, veía una guerra en esa sucesión de sirenas, de tanques, de alejarse de casa, y de cómo se quedaron cientos de fotografías en las paredes, y de cómo hubo quien saqueó aquello contaminado, y de cómo, de pronto, en los mercados comenzaron a aparecer botes de leche donde sólo ponía: “Para niños, para mayores”, nada más, y de cómo muchos no olvidarán los gritos de los perros y los gatos que se habían quedado atrás mientras los ejecutaban, y de cómo los dosímetros anunciaban una radiación mortal en un aire aparentemente limpio, y de cómo, hoy, allí, la maleza es más alta que los hombres mientras una generación se muere sin entender.

Pero ya no es sólo lo que cuenta, también es cómo. El estilo de Svetlana es sencillo y claro. Está tan bien escrito…, es maravilloso cómo escribe, cómo llega. Se te cuela adentro, en la cabeza, inspira, lacera. El relato, esa suma de relatos, es contundente y revelador, una joya de la literatura y el periodismo que debería estudiarse en todos los colegios, en todas las facultades. Quizá, para mí, sólo le falta una cosa: la voz de alguna de las personas que aquel día estaban en la central cuando el reactor estalló, qué pasó, cómo fue, qué alarma saltó primero, cómo se dieron cuenta. No hay nada de eso. No sé si será porque no hubo supervivientes de los que estaban dentro, pero me hubiera gustado leerlo. Y, por cierto, el epílogo del libro es estremecedor. No aprendemos los hombres, no. Eso es lo que a mí me ha enseñado este primer jueves de octubre de 2015 a través de las letras de Svetlana.

 

Te gustará: Impacta, llega, asombra. Chernóbil desde dentro, descarnado, brutal. Un ejercicio impecable de periodismo y literatura. Gran premio Nobel.

No te gustará: Habrá a quien se le haga demasiado duro. Todo lo que cuenta es verdad. De esas verdades que duelen.

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2 Comments

  1. Gracias a tu artículo me he interesado mucho en el libro, Gracias!!!!

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