Watchmen

Watchmen lakriticona blog           

“Todos nuestros esfuerzos desde que surgimos del barro no tendrán ningún sentido, sólo quedaría el polvo, arrasado por los vientos del vacío. Las ruinas se convertirán en arena, la arena será arrastrada por el viento y todo logro alcanzado, todo lo hermoso y bello se perdería, como si nunca hubiera existido”

 

Watchmen era una lectura que tenía pendiente desde hace mucho tiempo. Me gusta la novela gráfica, mucho, aunque no soy experta. De niña, recuerdo, iba con mi padre al rastro de León y rebuscaba entre los libros viejos, que siempre estaban bajo los soportales de la Plaza Mayor, Las aventuras de Esther. Encontrar alguna que no hubiera leído era una fiesta para mí. Sólo deseaba llegar a casa y meterme en la cama y leer, emocionarme con sus viñetas e historias. Quizá de aquella emoción venga mi pasión por la novela gráfica. Tenía ganas de Watchmen desde que vi V de Vendetta (sí, la película me encantó, el cómic no he podido terminarlo) y me dijeron que ésta historia era aún mejor que aquella. Tenían razón. Aunque no sea una lectura fácil, abruma. Es de esos libros que hacen pensar y perder pie del suelo. Lo llaman obra maestra del cómic. Y estoy de acuerdo.

Pido perdón de antemano. Va a costarme desenredar esta historia. Lo he leído a ratos, a cachos, a días por la incomodidad de llevarlo encima. Quizá esa sea su pero. Su inmenso tamaño. Lo delicada que es la edición de tapa dura (que me prestó mi buen amigo, Manu, faro de buenos libros y mejor música). Sólo podía leerlo, con sumo cuidado, en la cama. Y como no puedes sacarlo de casa, siempre hay otros libros que se entrometen. A menudo perdía el hilo. A menudo no sabía qué leía. E, insisto, Watchmen debe leerse con todos los sentidos puestos sobre él. Su profundidad lacera.

“Voy a contemplar las estrellas. Se encuentran tan lejos, y su luz tarda tanto en llegar a nosotros… Que lo único que llegamos a ver de ellas son viejas fotografías suyas”

Watchmen es una novela que te hace plantearte la existencia del ser humano. Que te recuerda que somos simples motas de polvo en el universo. O eso que dice Blade Runnerlágrimas en la lluvia. Que llegará un tiempo en el que los relojes dejarán de dar la hora. Y que nadie recordará que hubo un libro que se llamó El Quijote. Ni un dios al que llamaban Dios. Sólo habrá silencio. Aquí ya no quedará nadie para escuchar, ver, recordar o llorar la oscuridad infinita del Universo. 

Mientras leía Watchmen no podía dejar de pensar en esto. Su historia es una historia de superhéroes imperfectos creada a tres manos, por Alan Moore (escritor), Dave Gibbons (dibujante) y John Higgins (colorista) con un hondo latido filosófico. Ayer y hoy que se van cruzando en su trama compuesta por viñetas, textos largos, recortes de periódicos y hasta un diario, el de Holly Mason (parte que, a mí, particularmente, me encantó). Holly formó parte del primer grupo de superhéroes, los Minutemen, en 1939. Él fue el primer Buho Nocturno y, junto a él, Espectro de seda, Justica Encapuchada, Silueta o El Comediante, súperheroes en principio intachables, de métodos limpios y sonrisas bajo los flahses que detrás de la máscara ya escondían muchas miserias: violaciones, homosexualidad, violencia gratuita…

“Por qué discutimos? La vida es algo tan frágil… Un virus que tuvo éxito a la hora de aferrarse a una mota de barro suspendida en la nada infinita”

Los Minutemen son la semilla del grupo de superhéroes en los que, en realidad, está basada la trama de Watchmen: El comediante (entonces y ahora), Rorschach, Ozymandias, Búho nocturno II (Dan Dreiberg) y Espectro de seda II (Laurel, la hija de la primera Espectro de Seda) y sobre todo, el Doctor Manhattan, para mí, el personaje más increíble.

El asesinato de El comediante marca el inicio de la novela. Rorschach, otro personaje absolutamente genial, comienza a investigar. No le parece casualidad. Cree que hay una conspiración para acabar con los enmascarados. Mientras, el mundo se descompone. Sucio, podrido, sin valores. Y, de fondo, esa Guerra Fría que no terminó. Estados Unidos y Rusia se apuntan el uno a otro con sus misiles a la espera de la excusa, la chispa, que permita pulsar el botón e iniciar una guerra nuclear. Y, mientras, hay un reloj a punto de dar las doce

“Dios existe, y es americano”

Watchmen es un libro muy triste, como una canción melancólica que se te agarra a la boca del estómago y no te suelta. Esos superhéroes llamados a salvar un mundo descompuesto son en realidad idealistas, dominados por las mismas pasiones y miserias que todos los demás. Y vuelvo al doctor Manhattan. A través de él Alan Moore lanza al lector todas esas preguntas sin respuesta sobre el devenir humano. Hipnotiza desde la primera vez que aparece. Y es que hubo una vez que el doctor Manhattan fue Jonathan Osterman, un físico que se quedó encerrado en una cámara durante un experimento nuclear y su cuerpo se desintegró, pero no murió, regresó convertido en un superhombre, capaz de manejar la materia a su antojo, una bomba atómica con piernas. El miedo que le produce a los rusos es el frágil muro de carga sobre el que sostiene la paz mundial… 

Casi todas mis frases favoritas de Watchmen proceden de sus escenas. Le veo ahí en Marte. Preguntándose por el absurdo paso del hombre por la tierra y la tristeza se me clava en las entrañas. Tan frío, tan distante y a la vez tan clarividente… Como toda la novela. Si no la habéis leído os recomiendo que lo hagáis. Aunque no sea sencillo de leer, aunque yo no sea capaz de ordenar la historia ni siquiera después de haber visto también la película. Merece la pena porque, como le pasó a Jonathan Osterman cuando entró en esa cámara de pruebas, cuando lo cerréis seréis una persona diferente a la que lo empezó (gracias, Manu!).

 

Te gustará: Su hondo latido filosófico remueve. El doctor Manhattan y Rorschach son dos personajes que dejan huella. Si quieres comprártelo, no dudes, pincha aquí (además, es una edición en tabla blanca, muchoooo más cómoda que la que Manu me prestó a mí).

No te gustará: No es una novela para leer por encima. Y tiene una parte, además, la de Relatos del Navío Negro, que despista, que aburre, que te desconecta. Es el cómic que lee el chico negrito que está junto al kiosko. Yo me la salté directamente.

 

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